May
17

Meternos en la oración de Cristo

El evangelio de hoy nos muestra a “Jesús, levantando los ojos al cielo” para dirigirse en una oración confiada a su Padre. Una oración que hace en voz alta para hacer a sus Apóstoles partícipes de su especial relación con el Padre. Quiere el Señor que tú y yo entremos también en esa relación Padre-Hijo. Y el camino es levantar con Él los ojos al cielo y abrir nuestro corazón al Padre, con la certeza de ser siempre escuchados porque no es únicamente nuestra voz la que “sube” al cielo. Cristo ora en nosotros, con nosotros y por nosotros. “Los Evangelios nos describen a Jesús en diálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo envió para la salvación del hombre (…) Es en Jesús en quien el hombre se hace capaz de unirse a Dios con la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación” (Benedicto XVI, Catequesis sobre la oración, 4-V-2011).

Hemos de “recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el ‘derecho a hablaros’ (…). Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón (Benedicto XVI, Colonia, 18-VIII -2005).

Es fundamental encontrar cada día un tiempo para entretenernos en esta contemplación, pero sin olvidar que le tenemos todo el día con nosotros. Pegado a cada uno. Cuéntale lo que haces, lo que planeas, lo que te preocupa, … métele en tu vida y El te meterá en la suya. Así mantendréis un permanente diálogo. Decía San Alfonso María de Ligorio: “en cuanto al lugar, el más a propósito para hacer la meditación es la Iglesia, pero los que no pueden ir o no disponen de tiempo suficiente, pueden hacerla en cualquier sitio, lo mismo en casa que en el campo. Y hasta se puede meditar yendo de camino o trabajando, con sólo tener el pensamiento puesto en Dios. ¡Cuántas sencillas aldeanas, no pudiendo hacer otra cosa, practican la oración mental mientras trabajan o caminan! Quien busca a Dios lo halla en todas partes y a todas horas (“Tratado sobre la oración”). Así nuestra vida estará cada vez más arraiga en Cristo, “y cimentados en el amor, podremos comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios” (Ef 3, 17–19).

En este mes de mayo, pidamos a María que nos ayude a mantenernos en “la experiencia vibrante” de diálogo confiado con el Padre en su Hijo.