Ago
14

Hoy deberíamos tirar la casa por la ventana

¿Dónde ocurrió el instante del tránsito de la Virgen, el momento en que entró en el Cielo?, ¿fue en Jerusalén, en Éfeso? Hay dos tradiciones y seguramente no sepamos donde tuvo lugar ese triunfo de Dios sobre la descomposición de la carne. Porque, en el fondo, la victoria de nuestra Madre es la victoria de cada uno de nosotros, a quienes se nos propone una morada incorruptible en el más allá. ¿Murió la Virgen antes de llegar al otro lado? Esta sí que es buena pregunta. San Juan Damasceno lo tenía claro, “el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte”. Y san Juan Pablo II era del mismo parecer, “si Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario en lo que se refiere a su madre”. Y, como digo, ahí entramos todos, que pasaremos por la muerte para entrar en la Resurrección. Pero no nos asustemos, la muerte no será más que entrar en un pequeño sueño del que despertaremos felices.

Caravaggio nos pintó el instante de la muerte de María de una forma dramática, dejando a los doce desconsolados, rotos en llanto. A mí me parece una escena profundamente humana, ya que si no hay noticias en el Evangelio de que la Virgen murió, es que debió ocurrir de forma extraordinariamente simple. Y toda muerte supone desgarro en quien ama, no pudiendo evitar en los discípulos de su Hijo el desconsuelo por la separación.

Sobrecoge pensar que hay alguien de carne y hueso que está pegado al Dios infinito, creador de lo visible y lo invisible. El escritor francés de finales del XIX, Ernest Hello hablaba de Dios en estos términos, “Aquél que debe encontrarse es inmenso; uno debe desechar todo para dar los primeros pasos hacia Él… Internarse en el Desierto de desiertos…” Y resulta que aquella joven que en Nazaret dijo sí al enviado de Dios, ha entrado en el misterio del Creador, se ha avecinado a Él. Entonces, ¿a qué otra alegría puede aspirar el ser humano si no es a crecer en el conocimiento de los misterios de Dios? No sé, desde Descartes se nos ha enseñado a dudar. El filósofo francés decía que había que ponerlo todo en duda, y desde entonces creemos que tener un espíritu crítico es el gran logro del ser humano. Se nos ha enseñado a dudar más que a creer, a desconfiar más que a adherirse. Es una pena, nos perdemos el instinto de entregarnos al deseo más profundo de nuestro corazón, que es una vida colmada.

Hoy deberíamos tirar la casa por la ventana. Nuestros hermanos ortodoxos preparan con mucha devoción la fiesta de la “Dormición de la Virgen”, dedicando muchas jornadas previas al ayuno y la oración. A nosotros, que en estos tiempos de holganza apenas nos llega a alcázar un sentido de implicación en las realidades sobrenaturales, nos parece suficiente ir a misa y al vermú. Habría que buscarse hoy un tiempo de soledad para decirle a la Virgen lo mucho que queremos implicarnos en esta aventura que va infinitamente más allá de lo que podemos sospechar.