Ago
15

¿Trae cuenta casarse?

Los discípulos no dan crédito a esta nueva regulación del matrimonio que parece traer el Señor, aunque Él se remita a la naturaleza de los desposorios y no a novedad alguna. ¿Qué es eso de no poder divorciarse de la mujer?, ¿acaso no es ella la súbdita y de la que dispone el marido, y si le irrita no tiene la autoridad de abandonarla legítimamente? Pero el Señor insiste en poner a los dos en situación de paridad, los dos son una carne nueva, impenetrable para los foráneos.

Por la alianza creada, se establece entre los dos una realidad diferente a la paternal o filial. Aquí ya no se establece un enlace por descendencia o ascendencia, no se comparten genes ni la sangre tiene un mismo origen, aquí hay una elección libre de alguien diferente en sexo, familia, procedencia, experiencia vital… Les mueve sólo el deseo de un acompañamiento de por vida porque han intuido su cumplimiento. Y la unión no es un pacto de propiedades, sino una pronunciación divina, Dios ha hablado sobre esa nueva realidad, confiriéndole un estatus de dignidad por el que no hay apropiación de uno por el otro. Por eso los discípulos se escandalizan, porque les parece muy difícil dejar que sólo la muerte separe lo que Dios ha puesto en marcha.

Nosotros estamos habituados a vivir en un estado de derecho en el que al matrimonio se le concede el rango de institución, aunque en este cambio de época, como dice el Papa Francisco, se esté olvidando su identidad original. El matrimonio va más allá de una institución con consecuencias en la sociedad, es la manera como el Señor ha querido explicar la relación de Dios con el hombre, así de fuerte. Va más allá de la esterilidad de una subordinación. Hay otras religiones que hablan de la relación con la divinidad como un vínculo de sumisión, nada más ajeno al cristianismo. Incluso en ese ejercicio pedagógico que el Señor va haciendo con los discípulos, les llega a decir que los suyos son amigos, no siervos. Pero una vez resucitado, va más allá, le dice a Pedro lo que espera de él, “Pedro, ¿me amas?”. Ese es el fundamento de la religión cristiana, aquel día a orillas del lago de Tiberiades un Dios que ha pasado por el dolor y la muerte se pone de rodillas delante de la criatura para pedirle su mano. Todo san Juan de la Cruz bebe de aquí, y santa Teresa, y cada uno de los santos. Nadie se mantiene vivo en la fe si no expresa su vinculación con el hecho religioso por un pacto de amor que cada día se actualiza en la eucaristía y en las obras ordinarias.

Trae cuenta casarse. Los esposos viven una ”divina intimidad” sin sospecharlo. Y a los sacerdotes nos viene bien ver en el matrimonio la naturaleza de la relación con Dios, con toda su metralla de humanidad: los días buenos, los malos, el agotamiento, el regreso al cariño, el humor, los percances, los cambios propiciados por la edad, la fidelidad diaria…