2º Domingo Tiempo Ordinario (2013)
2º domingo TO.’13
En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos.
Las bodas eran en Galilea unas fiestas muy celebradas. El vino era el símbolo del amor y de la alegría. San Juan nos dice que con Jesús ha llegado el tiempo anunciado de las bodas de Dios con su pueblo. La actuación de Jesús nos muestra que con El estamos en el tiempo de las relaciones íntimas entre Dios y su pueblo. El introduce amor y alegría en esa relación. La hora señalada por Jesús es la hora de su pasión y muerte.
La mejor imagen del Reino de Dios es la del banquete de bodas, donde la comida es exquisita y la fiesta es contagiosa. Y es una boda en la que todos participan: Jesús, invitado principal, su madre María, los discípulos, parientes y amigos. Dios se revela ahí.
En Jesús se manifiesta la gloria de Dios y sus discípulos creen en El. La gloria de Dios viene unida a la alegría de los hombres. «El vino que alegra el corazón del hombre» es el signo de los tiempos mesiánicos. Para el discípulo de Jesús, la vida es una fiesta continua en la cual las relaciones son de amor y de servicio.
Como los discípulos creyeron en Él, así también nosotros podemos crecer hoy en la amistad y confianza en Él. Como María suplicó a su Hijo a favor de los comensales de la boda, así también ahora intercede por nosotros.
Entre los cristianos han quedado muy grabadas las dos frases de María:
– «Haced lo que él os diga». Es la frase que María dirige a los sirvientes del banquete. Y a nosotros. Qué buen consejo para todos!
– «No les queda vino». Es la frase que la Madre dirige al Hijo.¿No es verdad que también a nosotros a menudo nos falta lo que el vino significa de alegría, de fiesta, de fraternidad? La felicidad se nos escapa de las manos. Jesús nos descubre a veces desanimados, apresurados, sin ánimo. Y quiere hacer de nuestra vida sin gusto como el agua, un vino que alegre el corazón, que nos llene de amor y de esperanza. La Virgen, que sabe adivinar las necesidades humanas, está dispuesta a interceder.
Y en los matrimonios puede ocurrir lo mismo que en las bodas de Caná. Se comienza con el entusiasmo primero, como el vino en Caná; con el pasar del tiempo se consume o acaba y llega a faltar. Entonces, las cosas ya no se hacen más por amor y con alegría, sino por costumbre; se cuela la rutina. Si no se está atentos, sobre la familia va calando como una especie de nube gris y de aburrimiento.También, de estos esposos se puede decir tristemente: «¡No les queda vino!»
Este evangelio nos indica a todos un camino para no caer en esta situación o para salir de ella, si ya se está dentro: ¡invitar a Jesús a la propia boda, a la familia! Si El está presente, se le puede siempre pedir que repita el milagro: transformar el agua en vino. El agua de la costumbre, de la rutina, de la frialdad, en el vino de un amor y de una alegría mejor que los iniciales, como en Caná. Invitar a Jesús a la vida familiar significa rezar juntos, acercarse a los sacramentos, tener el Evangelio en un puesto de honor en la propia casa y utilizarlo, leerlo juntos, rezarlo; tomar parte en la vida de la Iglesia. ¡Hacer a Jesús un «amigo de la familia», “un Amigo de casa”!
Dejémosle a María que sea intercesora nuestra, como en Caná.
Día de las migraciones: Pedimos para que los inmigrantes encuentren una vida digna y reciban la acogida que merecen.
