4º Domingo del Tiempo Ordinario (2013)

DOMINGO IV TO/C. 3-II-13 Lc 4,21‑30

Jeremías (1ª lect.) se siente fascinado por Dios. “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me pudiste…. Sentía la palabra dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos” (Jr 20, 7-9)             Jeremías es enviado a profetizar: Profeta es el hombre que experimenta a Dios, acepta su palabra, cumple la misión encomendada y “no se viene abajo” ante las dificultades o persecuciones.

Jesús, continuando con el evangelio del domingo pasado, se nos presenta hoy, como EL PROFETA que cumple la misión encomendada por Dios Padre. Pero…,

 «¿No es este el hijo de José?». Esta pregunta de sus compatriotas evidencia la autenticidad de la encarnación de Jesús. Pero sus paisanos encuentran dificultades para dar el salto de la fe. Están demasiado acostumbrados a una mirada superficial, a ras de tierra, se aferran a ella y, eso acabará llevándoles a rechazar a Jesús… No captan en El al profeta anunciado por Isaías.

«Ningún profeta es bien mirado en su tierra». Ante la resistencia de sus paisanos Jesús no rebaja el listón, no entra en negociaciones complacientes. La verdad no se negocia.

“Y Jesús se alejaba”: Terrible final, Jesús que se aleja de su pueblo, de nosotros.

También a nosotros nos da vértigo la fe. Y preferimos seguir anclados en nuestras seguridades y mantener la mirada a ras de tierra, poco sobrenatural.

+ Comentamos la segunda lectura. Es el célebre himno de san Pablo a la caridad; un himno al amor, quizás el más célebre y sublime que jamás haya sido escri­to:

            -”Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ánge­les; si no tengo amor, no soy nada;… si no tengo amor, de nada me sirve”. Estas palabras han influido no sólo en el campo religioso sino también en el de la cultura humana.

Todos queremos ser felices y andamos buscando el “arte de vivir”. Pensamos que la felicidad se logra saciando nuestros deseos con cosas materiales. Pronto nos damos cuenta de que depende más de las relaciones personales que de las cosas. Somos felices cuando queremos y nos quieren, cuando podemos convivir con personas que nos aman en un ambiente favorable. Con pocas cosas y amor sincero se puede ser feliz; teniendo de todo, pero si falta el amor, no hay felicidad.

Dos son las grandes alegrías en la vida amorosa de una persona: la primera, cuando por primera vez puede decir «amo»; la segunda, todavía mayor, cuando puede decir «soy amada»”, dice un escritor lombardo del siglo XIX(Carla Dossi). Siglos antes ya lo dijo San Agustín: “la felicidad consiste en amar y en sentirse amados”.

«El infierno, señora, es no amar ya». Le dice el párroco en la famosa novela de Bernanos Diario de un cura rural, a la fría e hipócrita condesa del pueblo. «Ésta es mi idea del infierno: uno está sentado ahí, completamente abandonado de Dios, y siente que ya no puede amar, nunca más, y que nunca encontrará a otra persona, por toda la eternidad», escribía al teólogo Karl Rahner la novelista alemana Luise Rinser, haciéndose eco de esas palabras de Georges Bernanos: «El infierno es dejar de amar». «El infierno es soledad»(Victor Hugo); «el infierno es frío», como todo lugar sin la luz ni el calor del amor.

La defi­nición más grandiosa de Dios, divinamente inspirada, es: Dios es Amor (1 Jn 4,8). El corazón de la fe cristiana  comunica al creyente que existe un Dios que ama. Sentirse amado por Dios es la mayor alegría. La caridad es el alma de la Iglesia. Y la caridad no solo da cosas, sino muestra el rostro de un Dios, buen Pastor, que ama a todos sin ninguna discriminación.

Si Dios es Amor, ­las personas, hechas a «imagen y semejanza de Dios», hemos nacido también para amar. «El hombre -afirma­ el Concilio- se realiza, logra su plenitud, en el amor». “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida porque amamos a los hermanos. No amar es quedarse en la muerte (1Jn, 3, 14-15).

Leyendo la lista que nos ofrece San Pablo, nos encontramos con 15 características del amor cristiano.

– Dos actitudes van siempre por delante: Comprensión y servicio. (Entrar en el corazón del otro, para entenderlo y ponerse a su servi­cio.)

– Hay ocho cosas que nunca brotan del amor: La envidia, la vani­dad, el orgullo, la mala educación, el egoísmo, la irritación, el recuer­do de los agravios, la alegría del mal ajeno.

– Termina la lista con cuatro actitudes positivas y poco comunes:

Disculpar siempre, fiarse, esperar y aguantar sin limites.

Hay que decir, que un amor así lo vivió Jesús y lo han querido vivir los santos. No es fácil y hay que intentarlo por todos los medios. Es un don del cielo, pero es una tarea de cada día. Y este amor se manifiesta en los detalles pequeños, en los gestos sociales y en el compromiso, que brota de la Eucaristía, que es Sacramento de amor.

Buenas lecturas, las de hoy, para renovar nuestro examen de conciencia. Podríamos leerlas, haciendo seguir a cada afirma­ción la pregunta: “¿Y yo?”:

La caridad es paciente: ¿y yo? La caridad no es envidiosa: ¿y yo? La caridad no busca sólo su interés: ¿y yo?…  (R. Cantalamessa)