4º Domingo de Cuaresma (2013)

DOMINGO 4º DE CUARESMA / C. 10-III-13

El hijo prodigo o la vocación a ser feliz. JAVIERADAS: S.Fco. Javier, modelo y estímulo de nuestra conversión cuaresmal.

Sin amor, nadie puede ser feliz. Todos queremos ser felices y andamos buscando el “arte de vivir”. Pensamos que la felicidad se logra saciando nuestros deseos con cosas materiales. Pronto nos damos cuenta de que depende más de las relaciones personales que de las cosas. Somos felices cuando queremos y nos quieren, cuando podemos convivir con personas que nos aman en un ambiente favorable. Con pocas cosas y amor sincero se puede ser feliz; teniendo de todo, pero si falta el amor, no hay felicidad. La persona, si se sabe amada, si experimenta que es amada, amará. Y si uno es feliz hará felices a los que le rodean. 1Cor 13…  San Agustín: “la felicidad consiste en amar y en sentirse amados”.

La parábola del hijo pródigo es una joya teológica y literaria, una página reconfortante por saber que tenemos un Dios así. Un TRÍPTICO centrado en el Padre misericordioso y prolongado en los dos hijos.

En los tres protagonistas de la parábola (Lc 15,11‑32), descubrimos tres actitudes de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Quedan retratadas, por una parte las miserias humanas y por otra el corazón de Dios; y el de Jesús que realiza y cumple a la perfección este mensaje de la parábola.

– La figura del PADRE ocupa el  lugar central.  La vocación del padre es la vocación de acogida y de reconciliación. Nos revela cómo es Dios: El Padre misericordioso que en Jesús nos ama sin medida. ¡Una gran revelación! ¿A quién no le gustaría tener un padre así?. El padre sale corriendo y busca el abrazo con su hijo. La razón de su vida es amar. Le toca sufrir por los dos hijos. El padre renuncia a todos sus derechos para que prevalezca su deseo de amar; solo le importa su hijo, que no siga muerto, que no viva perdido: “Este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Es grande saber que Dios es Alguien que nos estima, nos valora y nos espera; que sólo quiere nuestro bien y nuestra alegría.

Esta vocación de acogida y reconciliación la podemos encontrar en muchas personas: en la familia, en la Iglesia, en la sociedad. Son lo mejor de la humanidad. Pasan haciendo el bien y nunca exigen nada. Dan el primer paso, son los primeros que perdonan. Tienen vocación de reconciliación.

– El hijo MENOR, el pródigo,  representa la vocación de la insatisfacción. El no estar satisfecho con nada. El corazón vacío que no se llena con nada ni con nadie. Es un malestar continuo porque al corazón nunca lo llenan «las cosas»; sólo lo colman «las personas». La frase de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto (insatisfecho) hasta que descanse en Ti». La mayor felicidad depende de conocer el Amor, que es el Amor de Dios.

Ni una palabra de gratitud al padre. ¡Cuántos padres experimentan hoy lo mismo!. Lo único que le interesa es la herencia, no los consejos, los valores, los afectos del padre. La herencia, «que me toca»: se acuerda de ser hijo sólo para reivindicar su derecho a la herencia.

Un joven que se cansó de todo y solo quiere la libertad. El resultado en estos casos es siempre igual: terminado el dinero, se acabaron los amigos. La insatisfacción le llevó al vacío. Sin dinero y sin amigos, reflexiona y recapacita. Es un golfo, pero se arrepiente y es capaz de volver. A partir del instante en el que se dice: “he pecado” ,“sí me levantaré”, ya es una persona nueva.

– En la parte más sombría del tríptico aparece la figura del hermano MAYOR.  Su vocación es la amargura. Aparentemente bueno, pero es duro y no perdona. Trabaja, cumple, pero no ama. Se considera justo y mejor que su hermano, con derecho a juzgar, condenar, despreciar. Le corroe la envidia. No se alegró con la vuelta del hermano menor.  Se resiste a entrar a la fiesta.

Este hermano mayor también es un personaje real como la vida misma: juzgar a los demás; esos lazos tan antiguos como la humanidad: la tendencia a endiosar nuestro propio yo, amor propio, soberbia, rencor, agresividad, envidia…, despreciamos a los demás y nos creemos superiores. Al padre le importa que el hijo ha vuelto; al hermano mayor lo que le importa es «que se ha comido sus bienes con malas mujeres».

El Evangelio nos quiere exigentes y rigurosos con nosotros mismos, pero, misericordiosos, comprensivos con los demás. ¿Tengo vocación de reconciliación, de acogida, como Dios la tiene conmigo? ¿Soy reconciliador?¿En cuál de las tres figuras me veo reflejado?.

Esta es la historia de Dios con cada uno de nosotros. Una bella historia de amor. Dios no quiere que nos culpabilicemos con angustias y remordimientos insanos,  sino que nos pueda la confianza y el amor. Para que la insatisfacción se cambie en alegría;   y la amargura deje paso a un corazón humilde  y necesitado de misericordia y de ternura.

        Corre más Dios al encuentro del hombre que el hombre al encuentro con Dios. De mil maneras. Ese es el sentido de la confesión. También Dios nos ve venir cuando  todavía estamos en la calle y no hemos entrado en la Iglesia. Todavía olemos a pecado y Dios corre y nos besa y nos abraza, aun antes de que la Iglesia, por su ministro, nos dé y regale la absolución.

El sacramento de la Penitencia es el regalo de Pascua de Jesús. La confesión es uno de los momentos de la experiencia del corazón de Dios en el corazón del hombre.