5.- PILDORA DE … LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES, SEMILLA DE CRISTIANOS….
Nuestro querido Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, Mons. Francisco Pérez, escribió en el nº 3934 del 4 de octubre de 2013 del semanario diocesano de la Iglesia de Navarra “LA VERDAD” una carta desde la esperanza titulada “La sangre de los mártires, semilla de cristianos”.
En ella nos recuerda que el próximo 13 de octubre se celebrará en Tarragona la beatificación de 522 mártires españoles durante la persecución religiosa ocurrida durante la II República.
…. El martirio es consustancial al ser de la Iglesia. “Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores” (Benedicto XVI, Carta Apostólica Porta Fidei, 13).
Nos recuerda que actualmente, cada cinco minutos, hay un mártir cristiano. La causa del martirio siempre es la misma: el “odium fidei” (odio a la fe). Los perseguidores rechazan frontalmente todo cuanto signifique la presencia de Dios en la vida de los hombres…. El mártir siempre elige el sacrificio por la gracia de Dios, el ejemplo de Jesús y la fuerza del Espíritu Santo.
Ya desde pequeño, escribe D. Francisco, siempre me impresionaba su estilo de vida y el perdón a la hora de su muerte, su actitud era reflejo del mismo gesto de Jesucristo desde la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Y continúa…. la santidad lleva consigo el amor oblativo y misericordioso. En los mártires, a la hora de su muerte, perdonan a los ejecutores de tal atrocidad. Esta riqueza de testigos en nuestro santoral diocesano manifiesta la hondura de la fe cristiana entre nosotros a lo largo del tiempo y nos anima a caminar por su senda.
A nosotros nos toca vivir lo que Benedicto XVI ha denominado “el martirio de la fidelidad cotidiana al Evangelio”, en medio de una sociedad pagana, que ignora y margina la fe. Para eso, es necesario que Cristo crezca en nosotros y sea Él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones.
Entonces experimentaremos lo mismo que sintió san Pablo: “todo lo puedo en aquél que me conforta” (Flp 4, 10). Ninguna contrariedad, ningún desprecio, nada puede apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo y de la misión evangelizadora que el Señor nos ha encomendado, pues su Espíritu nos sostiene interiormente y él mismo nos acompaña “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,21).
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