DOMINGO TRIGÉSIMO DEL T.O. (2013)

 

DOMINGO TRIGÉSIMO DEL TO/C

El domingo pasado las lecturas nos invitaban a orar con perseverancia, sin desfallecer. Hoy a rezar con humildad. Podemos decir que Jesús nos presenta dos figu­ras, dos símbolos de lo que debe y no debe ser la oración;  dos formas de oración. La primera es la del hombre erguido, que da gracias por sus méritos y, especialmente, por ser distinto y mejor que los otros.  La segunda forma de oración es la del que se sitúa en un lugar ocul­to del templo, sin atreverse a levantar los ojos y que se golpeaba el pecho reconociendo humildemente su pecado. “¡Oh Dios! ten compasión de este pecador”

Jesús deja claro que Dios es bueno y misericordioso, pero no se le puede comprar, ni engañar, ni chantajear.

«Jesús dijo esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de si mismos y despreciaban a los demás». 

    Tenerse por justos, sentirse seguros y despreciar a los demás: tres actitudes que crítica Jesús.

Jesús reprueba la actitud del fariseo:

1. porque se siente perfecto, orgulloso y satisfecho de sí mismo, presume de su bon­dad y se acerca a Dios con auto­complacencia, y

2. porque desprecia a los de­más que no son ni tan «buenos”, ni tan «justos» como él y se cree superior a ellos. Se convierte en juez de los demás.

En la liturgia del bautismo hay una fórmula en que al “renunciar a Satanás, a sus obras y a sus pompas”, lo concreta en la dirección del evangelio de hoy.  Allí se nos dice que debemos renunciar a «creernos los mejores, a vernos supe­riores a los demás, a creer que ya estamos converti­dos del todo».  Son tres actitudes a las que nuestro bautismo nos exige renunciar, inspiradas en este evangelio.

En realidad, ante Dios somos todos pecadores, necesitados de rehabilitación y perdón. Ante Dios no valen las apariencias y los engaños.

La condición necesaria para dejarnos convertir y liberar por Dios es reconocer que lo necesitamos. Amar. Tenemos necesidad de salvación.  Somos pecadores.  De El nos viene todo lo que es fe, esperanza y amor. Entrar en el radio de acción de la misericordia del Padre.

El publicano se presenta humildemente ante Dios: “Ten compasión de mi que soy un pecador”. La persona humilde y arrepentida, encuentra el perdón y la acogida de Dios. Según Jesús, este sí que salió del templo perdonado. «Bajó a su casa justificado».  Se dejó encontrar y santificar por la misericordia. Encontró su lugar en el corazón de Dios.

El fariseo que se creía «convertido», justificado, religioso…, en su hipocresía autosufíciencia religiosa, se había puesto fuera del alcance de la misericordia de Dios.  Por eso volvió a su casa igual que antes, no-justificado.

¿Qué tal ese fariseo que cada uno tenemos dentro? El fariseo anida en nuestro corazón. Cuando pasamos factura a Dios de nuestras buenas obras, emerge el fariseo. Cuando nos sentimos superiores a los demás o mejores que ellos y los juzgamos o los descalificamos… vuelve a salir el fariseo que anida en mí. La falsa humildad es la forma más refinada del orgullo.

Con esta parábola Jesús nos dirige una advertencia particular. Nos podemos creer, a menudo inconscientemente, superiores a lo demás; más cerca de Dios. Y pensar: los pecadores, los necesitados de conversión y de la misericordia de Dios, son los demás. No yo.

Andar en verdad, dice santa Teresa, es la humildad”; el orgullo es la mentira. La humildad no va contra la autoestima, pero sí contra el autoengaño. Decía Francisco de Asís: «El hombre es sólo aquello que es ante Dios, nada más y nada menos». Sería absurdo no reconocer los valores que tenemos y hemos recibido o nos hemos forjado. Pero tampoco debemos apuntarnos ese «nada más» que no somos.

Hay que luchar para andar en la verdad de nosotros mismos, sabiendo que, si bien tenemos que respon­der con las obras de la vida, la salvación no es fruto de nuestro esfuerzo y méritos, sino fruto del amor y la misericordia de Dios con nosotros.

Hoy termina la lectura de la carta de Pablo a Timoteo. Es como la despedida y su testamento. Resume toda su vida. “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe».

San Pablo tenía buena experiencia de oración constante y humilde, y de unión con Jesús. Se enamoró de él y esta fuerza dio sentido a toda su vida. Ningún problema lo abatió. A pesar de la persecución y de experimentar la soledad ante las dificultades: “todos le abandonaron”, como a Jesús. Su arraigo firme en Cristo le salvó. «El Señor me ayudó y me dio fuerzas». “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.