18.- El ángelus de Reyes: ‘El Señor no hace proselitismo, da amor, y ese amor te busca’.
Ciudad del Vaticano, 06 de enero de 2014
El Papa ante una plaza desbordante de fieles recuerda que Jesús es la Epifanía, o sea, la manifestación del amor de Dios.
La Epifanía pone en evidencia la apertura universal de la salvación traída por Jesús. La liturgia de este día vítores: «Te adorarán, Señor, todos los pueblos de la tierra». Entre nosotros y para todos los pueblos.
De hecho, esta fiesta nos hace ver un doble movimiento: por un lado, el movimiento de Dios hacia el mundo, hacia la humanidad – de toda la historia de la salvación, que culmina en Jesús -; y, por otro lado, el movimiento de los hombres hacia Dios – pensemos a las religiones, a la búsqueda de la verdad, al camino de los pueblos hacia la paz, la paz interior, la justicia, la libertad – . Y este doble movimiento es impulsado por una atracción mutua. Por parte de Dios, es su amor por nosotros: somos sus hijos, nos ama, y quiere liberarnos del mal, la enfermedad, la muerte, y llevarnos a su casa, en su Reino. «Dios, por pura gracia, nos lleva a unirnos a Él«. Y también de nuestro lado hay un amor, un deseo: el bien nos atrae, la verdad nos atrae, la vida, la felicidad, la belleza… Jesús es el punto de encuentro de esta atracción mutua y este doble movimiento. Es Dios y hombre. ¡Pero la iniciativa es de Dios! ¡El amor de Dios viene primero que el nuestro! Él siempre toma la iniciativa, Él nos espera, Él nos invita. La iniciativa es siempre suya.
Jesús es Dios que se ha hecho hombre, se ha encarnado, ha nacido para nosotros. La nueva estrella que se apareció a los Magos era la señal del nacimiento de Cristo. Si no hubieran visto la estrella, esos hombres no se habrían ido. La luz nos precede, la verdad nos precede, la belleza nos precede. Dios nos precede: El profeta Isaías decía que Dios es como la flor de la magnolia, porque en aquella tierra la magnolia es lo primero que florece. Y Dios siempre nos precede, siempre es el primero, nos busca y da siempre el primer paso, y esta gracia ha aparecido en Jesús. Él es la epifanía, la manifestación del amor de Dios.
La Iglesia está dentro de este movimiento de Dios hacia al mundo: su alegría es el Evangelio, es reflejar la luz de Cristo. La Iglesia es el pueblo de los que han experimentado esta atracción y la llevan dentro, en el corazón y en la vida. «Me gustaría decir sinceramente a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, decir respetuosamente a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor también te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!». El Señor te llama, el Señor te busca, el Señor te espera. El Señor no hace proselitismo. Da amor, y ese amor te busca, te parte [el corazón] a ti, que en este momento no crees o estás lejos.
Le pedimos a Dios, para toda la Iglesia, la alegría de evangelizar, porque «ha sido enviada por Cristo para manifestar y comunicar la caridad de Dios a todos los pueblos» (Ad gentes, 10). La Virgen María nos ayude a ser todos discípulos-misioneros, pequeñas estrellas que reflejan su luz. Y rezamos para que los corazones se abran para acoger el anuncio, y todos los hombres lleguen «a ser partícipes de la promesa por medio del evangelio» (Ef. 3,6).
Queridos niños y jóvenes, con vuestra oración y vuestro empeño ustedes colaboran a la misión de la Iglesia. ¡Les agradezco por esto y les bendigo!
A todos les deseo una feliz fiesta de la Epifanía.
