LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

LA PRESENTACIÓN  DEL SE OR

Celebramos en este domingo una fiesta muy antigua: la Presentación del Señor. El Evangelio nos invita a revivir y contemplar aquella escena: José y María acuden al templo para dar cumplimiento a lo que prescribía la ley de Moisés. Entregan como ofrenda “dos tórtolas o dos pichones”, la ofrenda de los pobres.

Con Jesús y María, san Lucas nos presenta a dos ancianos: Simeón y Ana. Los únicos que tuvieron ojos para ver a Dios en aquel Niño.

Simeón era «un varón justo y piadoso”. Al retrato de Simeón, san Lucas añade dos declaraciones solemnes: 1ª) Un himno que se reza en la oración nocturna de Completas: “Nunc dimittis…” Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”; 2ª) Un oráculo sobre la historia futura. Este niño será “signo de contradicción”. Y, a su Madre, “una espada le traspasará el corazón”.

Ana es una viuda anciana, profetisa, que vivía en la Esperanza, y no se apartaba del templo, “sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. Descubre con alegría en aquel Niño al Salvador que Dios ha enviado.

Simeón saluda al niño como luz de todos los pueblos. “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas… Todo el que obra el mal detesta la luz y la rehuye, por miedo a que su conducta quede al descubierto. Sin embargo, el que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Jn 3, 19-20). “Es una tragedia cuando un hombre tiene miedo de la luz” (Platón).

Jesús sigue siendo hoy signo de contradiccción: Mientras unos le aman hasta dar su vida por Él, otros le odian y persiguen. La figura de Jesús, hecho Hombre sin dejar de ser Dios,  arrastra tras de sí a seguidores radicales y también a perseguidores encarnizados, mártires y verdugos.

Nosotros, como Simeón y Ana y, sobre todo, como Maria y José, «salimos, llenos de alegría, al encuentro del Salvador» (prefacio). Estamos muy contentos porque nos ha alcanzado la luz de Dios. De Jesús hemos aprendido a vivir en el amor de Dios y muchas cosas maravillosas: el estilo cristiano de rezar y de vivir. De Él hemos aprendido a perdonar, a compartir, a ser sencillos, a querer a los hermanos, a preocuparnos de los pobres y desfavorecidos.  Viviendo en cristiano ponemos un poco de luz en la vida de las personas.

Los que seguimos a Cristo hemos de ser luz; hemos de vivir como hijos de la luz. Para que viendo nuestras buenas obras, “glorifiquen al Padre celestial”.

Hoy, JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA: ”Los religiosos son un bien y una alegría para la Iglesia” (Arz. Francisco). Rezamos por ellos, dando gracias a Dios.