DOMINGO 6º TO. 16-2-14

DOMINGO 6º TO. 16-2-14
             Dios nos ha hecho libres. Ante nosotros tenemos para elegir dos caminos, el del bien y el del mal, el de la muerte y el de la vida (1ª lect.). Dios lo ve todo y respeta nuestras decisiones. En el Evangelio de hoy seguimos con el Sermón de la montaña, y ese estilo de Jesús brillante y paradógico, liberador y exigente. Veinte versículos de san Mateo que son dardos encendidos para nuestra conciencia acomodada: La novedad sorprendente del mensaje moral de Jesús, en línea con las Bienaventuranzas.
Jesús empieza afirmando la continuidad de su enseñanza con la Ley antigua, la Ley de la Alianza, expresión de las promesas y de la voluntad de Dios. Está contenida fundamentalmente en los diez mandamientos, que siguen siendo actuales. Dios los grabó a fuego en el corazón de la persona. Pero Jesús corrige las intepretaciones falsas ‑que no son de Dios‑ y han hecho de la ley de Dios preceptos humanos, cargas insoportables. No hay ruptura sino continuidad superando el legalismo de los escribas y la exhibición y el cumpli-miento de  los fariseos. “Si no sois mejores que los letrados y fariseos”. Jesús amplía las exigencias del Reino, dándoles plenitud y profundidad.
«No he venido a abolir, sino a dar plenitud». La moral de Jesús es una moral de amor y crece en las obras buenas; da interioridad porque las respuestas deben brotar del corazón; las unifica porque todas se resumen en el doble mandamiento del amor; y las radicaliza porque las nuevas exigencias son las del amor sin límites. “La medida del amor es amar sin medida”(San Agustín). Jesús pone el listón muy alto y supera la moral de mínimos. Se trata de amar como el Padre nos ama. Para vivir el mandamiento de Jesús en el “sermón de la última cena”, es preciso aceptar las exigencias del “sermón de la montaña”.
Jesús se presenta con autoridad: «Habéis oído que se dijo a los antiguos … pero yo os digo». Él será coherente con estas enseñanzas, como lo sigue siendo la Iglesia, contra cualquier tentación de rebajar el precio del Evangelio.
Puede parecernos demasiado exigente, incluso difícil de cumplir. Solos no podemos. Necesitamos el Espíritu Santo (2ª lect.), sin cuya fuerza la moral cristiana resultaría una moral de esclavos. Un bello texto oriental,  nos hace percibir esta realidad:
Sin el Espíritu, Dios está lejos,  Cristo se queda en un personaje del pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia pura organización. Sin el Espíritu, el trabajo pastoral se convierte fácilmente en actividad profesional, la evangelización en propaganda religiosa, la acción caritativa en servicio social. Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, la liturgia se congela, los carismas se extinguen, la esperanza es reemplazada por el instinto de conservación, la audacia para la misión desaparece. Sin el Espíritu, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la catequesis se hace adoctrinamiento, la vida de la Iglesia se apaga en la mediocridad, incapaz de irradiar y comunicar la Buena Noticia de Dios al mundo actual.  (Cf Metropolita Ignatios Lattaquite de Siria).