DOMINGO VIII TO/A (2014)

DOMINGO VIII TO/A

El Evangelio de hoy huele a campo, a naturaleza. Las aves y los lirios son testigos de la Providencia de Dios.

        “No podéis servir a Dios y al dinero”. Todos queremos ser felices y andamos buscando el “arte de vivir”. Nos engañamos cuando pensamos que la felicidad se consigue saciando nuestros deseos con cosas materiales. El dinero no lo es todo. Hay muchas cosas que no se compran con dinero. Pronto nos damos cuenta de que la felicidad depende más de las relaciones personales que de las cosas. Sentirse amado y acogido por Dios es la mayor alegría y felicidad. Somos felices cuando queremos y nos quieren, cuando podemos convivir con personas que nos aman. La felicidad consiste en amar y en sentirse amado. Con pocas cosas y amor sincero se puede ser feliz; teniendo de todo, pero si falta el amor, no hay felicidad. Sin amor nadie puede ser feliz. Y si uno es feliz, hará felices a los que le rodean.

La Biblia avisa del peligro de las riquezas. Benedicto XVI nos advertía de la codicia como la “raíz de todos los vicios y de todos los males del ser humano y de la sociedad, y la responsable de la crisis económica mundial que estamos viviendo” (23-IV-2009). “La raíz de todos los males es el afán de dinero” (l Tim 6,10).

Sin dinero no se puede vivir. Lo necesitamos para subsistir. Pero lo que Jesús nos dice es que no vivamos angustiados por el mañana y esclavos del dinero.  Tenemos que trabajar para ganarnos la vida, y ojalá hubiera trabajo para todos. Pero sin “angustiarse”, sin perder la paz y serenidad.

        Jesús invita hoy a la confianza en Dios.  Confiar en la Providencia, en ese Padre con rasgos maternales, que nunca olvida a sus hijos (1ªlect.).

         «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia…”. Jesús nos enseña a vivir poniendo en la vida una jerarquía de valores. No todo tiene la misma importancia. Además de las cosas materiales, que son necesarias, cultivar los valores del Espíritu. Creer de verdad en Dios y situarnos en la perspectiva de la caridad.

“Todo lo demás se os dará por añadidura”. ¿Dónde tengo el centro de mi vida, mi tesoro al que está pegado mi corazón?. “Ver cómo estoy delante de Dios nuestro Señor… Pedir conocimiento interno de tanto bien recibido para que yo, reconociéndolo enteramente, pueda en todo amar y servir a su divina majestad. Traer a la memoria los beneficios recibidos y ofrecer todas mis cosas y a mí mismo con ellas: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad…» (San Ignacio, EE).