2º Domingo de Cuaresma (2014)
Segundo Domingo de Cuaresma/ A. 16-III-14
La transfiguración: Jesús después de anunciar su Pasión, se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan mostrando la gloria de su divinidad, en previsión del escándalo de la Cruz. “Por la Cruz a la Luz”. Una luz deslumbrante lo envuelve; aparecen Moisés y Elías. Una epifanía del Dios trinitario. Se escucha la voz del Padre que proclama: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Hay tal aire de bonanza y bienestar que Pedro exclama: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas…”. Lo mejor para sentirse a gusto en la vida es estar cerca de Dios, de Jesús.
También nosotros necesitamos alguna experiencia del Tabor para sobrellevar las noches oscuras, los momentos de Getsemaní; para que nadie nos robe la esperanza, para no desanimarnos en la carrera…; en esos momentos también está cerca Dios.
Los discípulos conocen ahora al verdadero Jesús, el Transfigurado. Los cristianos de hoy ¿CONOCEMOS A JESÚS? San Pablo, que nos invita a “tomar parte en los duros trabajos por el Evangelio” (2ª lect.), nos anima: ”Para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21) “Sé de Quién me he fiado” (2Tim 1,12). “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). «¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6, 14). «Lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo» (Flp 3,7).«Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, y todo lo tengo por estiércol» (Flp 3,8).
La Cuaresma nos estimula a centrar nuestra vida en Cristo, “Mesías Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero para los llamados … fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 22).
El protagonista absoluto es el Señor Resucitado. “Cuando nos encontramos con el Señor nuestro corazón se ensancha, se hace grande, se hace generoso Y es capaz de dar a los demás en vez de cosechar para sí mismo” (Papa Francisco).
Necesitamos cristianos fervorosos, enamorados, seducidos por Cristo. Como Pablo, como Francisco de Javier, como el Papa Francisco. Sin fe, sin oración, sin una vida sacramental, en la que Cristo nos alimenta, perdona y fortalece, no es posible mantenerse cristianos. Jesús se cruza, también, en el camino de nuestra vida con el rostro del hermano, nuestro prójimo. “El mundo nos enseña a ser yo-mi-me-conmigo-para mí. Vivir centrado en mí mismo, el egoísmo para mí. Jesús dice: No. Reza. Abre tu corazón a Dios. Abre tu corazón a los hermanos. Prívate para dar limosna. Haz obras buenas. Gasta tu tiempo visitando a tu hermano enfermo, acompañando a alguien que necesita en su soledad. No vivas para vos” (Papa Francisco).
«Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). Sólo este amor puede dinamizar la vida cristiana. Sin el amor, sin la pasión por Jesucristo, la Iglesia no tendrá ni cristianos heroicos, ni mártires, ni vocaciones consagradas, ni familias cristianas, ni simples testigos de la fe. Sin la pasión por Jesucristo tendremos una Iglesia descafeinada, incapaz de ser luz, sal y levadura del mundo.
