4º Domingo de Cuaresma

DOMINGO 4º DE CUARESMA /A. 30-III-14

El domingo de la curación del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. Una catequesis sobre el recorrido interior de la persona que vive en las tinieblas hasta encontrarse con  Jesús. Una historia ocurrida en Jerusalén en el siglo I, que se repite entre nosotros en el siglo XXI.

El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en Él a nuestro único Salvador. Jesús es la respuesta a los interrogantes existenciales del ser humano. “Quien ha devuelto la vista a un ciego de nacimiento, es capaz de abrir un nuevo horizonte a cualquier ser humano. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como ‘hijo de la luz’” (Benedicto XVI).

Renacimos por Cristo en el bautismo y hemos sido transformados en hijos adoptivos de Dios. Antes éramos tinieblas, ahora somos luz en el Señor. Hemos de caminar como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz), buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia y denunciándolas (2ª lect.).

Este mensaje tiene una actualidad apremiante. Jesús pasa hoy por nuestra vida. Ese ciego del Evangelio somos  cada uno de nosotros. El Evangelio nos interpela: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor»,  afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente.

Algunas condiciones: 1) Reconocer que somos ciegos; confesar  nuestra miopía y sobre todo, lo que la Biblia llama el «gran pecado»: el orgullo. La autosuficiencia y la soberbia nunca son buenas consejeras.  2) Acercarnos a Él y pedirle que pase por nuestra existencia, como por la del ciego, sanando, iluminando, resucitando. Acudir a recibir el abrazo del perdón en el sacramento de la Reconciliación, regalo de Pascua de Jesús. 3) El ciego se convierte en testigo y comienza a anunciar a Jesús. Como a sus padres, el miedo y los respetos humanos, nos impiden ser mejores testigos de Jesús, ‘sin avergonzarnos’ del Evangelio.

Si somos luz tenemos que iluminar; si somos sal de la tierra, tenemos que sazonarla para preservarla de la corrupción; si padecemos un largo eclipse de Dios, tenemos que preguntarnos qué está siendo de nosotros, llamados a ser luz del mundo. Hay muchos, muy cerca de nosotros -en nuestra casa, vecinos de escalera, compañeros de trabajo – que no conocen a Dios, que viven alejados. Para ellos tenemos que hacer lucir, -brillar- la luz de Cristo que es  salvación y vida.

Demos gracias a Dios por las Instituciones que hacen mejorar la vida de las personas invidentes. Colaboremos en su total integración.