3º Domingo de Pascua 2014

Domingo III de Pascua /A. ‘14

Una de las escenas más hermosas del Evangelio es la aparición de Jesús a los dos de Emaús: “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”; bella catequesis sobre las formas de encontrarse con Jesús Resucitado: la Palabra, la Eucaristía, la Comunidad…, la caridad fraterna.

En los discípulos de Emaús vemos reflejados los sentimientos del corazón humano.  Van de camino desconcertados, envueltos en tristeza y desaliento. Todas sus esperanzas puestas en Jesús se habían desvanecido con el fracaso de la cruz: «Nosotros esperábamos…«, es decir, ahora ya hemos dejado de esperar. Los dos de Emaús pueden representar a todos los solos, tristes y desanimados, a los que tiran la toalla por los caminos de la vida, abandonan la comunidad, y emprenden la huida desesperanzada.

“Quédate con nosotros”.Es el deseo de gozar de la presencia de Cristo, de estar con Él. Cristo nos sale al encuentro. Nos busca, nos enseña, nos ilumina, nos alienta, nos abre los ojos, pone fuerza en nuestros pasos y entusiasma nuestro corazón. Camina con nosotros y nos acompaña. Cuando Cristo nos explica las Escrituras, no se trata sólo de una iluminación para nuestra mente, sino también de una revelación de amor que nos deja en ascuas, hace arder el corazón.”Mediante la Eucaristía Jesús encontró el modo de quedarse en ellos”.

“Le reconocieron al partir el pan”. Gestos que revelan a Jesús, su amor, su entrega. Luego en la comunidad, la comunión, la solidaridad.

“¡Qué necios y torpes sois para creer!”, dice Jesús. Andando con ellos, les iba a devolver la fe y la esperanza perdidas. Y  les convierte de la tristeza a la alegría, de la oscuridad a la luz de la fe, del individualismo a la vida comunitaria.

El reencuentro les transforma en apóstoles, para poner en práctica la vida resucitada. Una gran misión que cumplir. Hay que decir a los que dudan, a los que sufren y a los que buscan que Cristo vive, ha resucitado y se deja encontrar. Son muchos los que necesitan a alguien que camine junto a ellos.  “Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos… Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita” (PFrancisco, EG 183).