DOMINGO VI DE PASCUA
DOMINGO VI DE PASCUA/A. ‘14.
Jesús se despide prometiendo que no dejará huérfanos a los suyos. El Espíritu Santo es el don por excelencia prometido por el Hijo. La Iglesia «es el espacio en el que florece el Espíritu» (San Hipólito). El Espíritu Santo es como el subsuelo que nutre y refresca el suelo de la Iglesia; habita dentro de cada uno de nosotros los creyentes, haciéndonos mejores hijos de Dios y suscitando en nuestro interior una rica vida filial y espiritual. El Espíritu Santo nos hace ser hombres y mujeres nuevos para construir un mundo nuevo.
Necesitamos el Espíritu como el aire que respiramos. San Juan lo llama “Paráclito”, una palabra griega que significa: abogado, ayudante, protector, consolador, valedor… Él nos ilumina, fortalece y santifica en el proceso de la fe. Siempre nos acompaña en nuestro caminar y está a nuestro favor. Hizo crecer a la Iglesia primitiva entre dificultades (1ª lect.). Es siempre “fuente del mayor consuelo” y devuelve ganas y esperanza de vivir ante los desconsuelos y el cansancio de los buenos; ganas de hacer el bien, prolongando los gestos de Jesús. Este mismo Espíritu nos impulsa a “dar razón de nuestra esperanza” (2ª lect.); con Él nunca estamos desamparados.
Jesús promete estar atento a las necesidades de sus discípulos. Su Espíritu estará con ellos como el único y verdadero defensor de la comunidad y de cada uno de los que creen en Jesucristo. Pero ellos, por su parte, habrán de manifestar con sus obras la fidelidad a su Maestro: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».
Necesitamos frecuentar el trato -la “devoción”, dicho con todo respeto-, al Espíritu Santo que es quien nos ha de santificar. Es Maestro del alma: necesitamos atender dócilmente sus inspiraciones. Lo necesitamos para nuestra fidelidad de cada día; para que cada uno ponga al servicio de la comunidad los valores y cualidades que ha recibido; para impulsar el compromiso de la evangelización; para la audacia -parresía- a la hora de ser testigos valientes (ni miedosos ni acobardados, ni tristes ni desalentados, irradiando la alegría de Cristo (Cf EG 10).
Como ha dicho el Papa Francisco: “El Espíritu Santo siempre nos mueve, nos hace caminar, empuja la Iglesia a ir hacia delante”. “Pero… ¡seguir adelante! Es eso lo que fastidia. La comodidad es mejor. Esta tentación es todavía actual. Un solo ejemplo: el Concilio fue una hermosa obra del Espíritu Santo. Piensen en el Papa Juan: parecía un párroco bueno y fue obediente al Espíritu Santo y convocó el Concilio. Pero después de 50 años, ¿hemos hecho todo lo que nos ha dicho el Espíritu Santo en el Concilio? No. No queremos cambiar. Es más: hay voces que quieren ir hacia atrás. Esto se llama ser testarudos -tercos-, eso se llama querer domesticar al Espíritu Santo, eso se llama convertirse en insensatos y tardos de corazón. Lo mismo ocurre en la vida personal. El Espíritu nos empuja a recorrer un camino más evangélico, pero nosotros nos resistimos”. Francisco exhortó a los fieles a “no oponer resistencia y a la docilidad al Espíritu Santo, que nos hace avanzar en el camino de la santidad”.
“Pascua del Enfermo”, oración por los enfermos. Dar gracias al Dios de la vida por los enfermos atendidos y curados, por todos los servicios realizados con ellos, por las heridas sanadas, por el bálsamo impartido, por la esperanza renacida, por el progreso de la ciencia…, por la humanización del mundo de la enfermedad, con gestos de amor cristiano, apostando por la cultura de la vida, porque está vivo el espíritu de Jesús, el Buen Samaritano. Pedimos perdón por los pecados de omisión cuando «pasamos de largo», «dando un rodeo», ante las personas que sufren en el cuerpo o en el espíritu.
