FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA Domingo 28 de Diciembre

 

Ha nacido el Salvador. Pero, ¿cómo salva al mundo? ¿dónde habita, qué hace?. No está en Atenas, la ciudad de los sabios, ni en Roma, la capital del Imperio dominador del mundo. Ni en Jerusalén donde está el Templo del verdadero Dios. Está en una pequeña aldea de Palestina. Dios ha querido nacer y vivir en una familia humana, que ha formado Él mismo, en una aldea remota de la periferia del Imperio Romano.  «De Nazaret, ¿puede salir algo bueno?».¡Cuánto podemos aprender de la familia de Nazaret y de la  «vida oculta» de Jesús! Lo que era importante allí era la familia.

La Navidad hace  renacer el espíritu de familia y nos hace más sensibles a los valores familiares: En la familia hacemos el aprendizaje de las cosas más hermosas de este mundo: aprender a amarnos, a respetarnos, a comparitrir, a vivir para los demás, a ser solidarios con los pobres, a decir a Dios Padre desde el afecto y la ternura de hijos, a querermos como hermanos. Es una escuela para la vida, donde cada uno es amado por lo que es, no por lo que tiene.

«La familia de Nazaret nos compromete a redescubrir la vocación y la misión de la familia…. Durante este camino, que a veces es un sendero de montaña, con cansancios y caídas, siempre está la presencia y la compañía de Dios. La familia lo experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas. Además lo vive cuando se reúne para escuchar la Palabra de Dios y para orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También está el empeño cotidiano de la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio, en la santidad. Esta misión es frecuentemente compartida y ejercitada por los abuelos y las abuelas con gran afecto y dedicación. Así la familia se presenta como una auténtica Iglesia doméstica, que se amplía a esa familia de familias que es la comunidad eclesial. Por otra parte, los cónyuges cristianos son llamados a convertirse en maestros de la fe y del amor para los matrimonios jóvenes».

Hay otra expresión de la comunión fraterna, y es la de la caridad, la entrega, la cercanía a los últimos, a los marginados, a los pobres, a las personas solas, enfermas, extrajeras, a las familias en crisis, conscientes de las palabras del Señor: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20, 35)…. La cima que recoge y unifica todos los hilos de la comunión con Dios y con el prójimo es la Eucaristía dominical.  (Cf Francisco). Esta presencia de Dios garantiza la alegría profunda. Para «vivir en el Señor» la vida familiar, San Pablo nos ofrece los elementos esenciales: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, el perdón; y por encima de todo, el amor, que es el que consuma la unión entre todos (2ª lect.).