VI Domingo de Tiempo Ordinario, 15 de Febrero de 2015

 

La lepra, mala enfermedad, causa de marginación social y religiosa. El leproso era un impuro y pecador; según la ley mosaica, debía ser marginado y vivir fuera de lugares habitados. Podía contagiar y además era causa de impureza legal. Religiosamente el leproso era un herido de Dios. Quedaba excluido del pueblo elegido -exclusión social-, y le esperaba una vida miserable (1ª lect.).

 

El enfermo del Evangelio, es consciente de que Jesús le puede curar y acude a Él. Jesús no siente repugnancia al ver que se le acerca alguien que debería mantenerse alejado por impuro. El evangelio dice que Jesús «sintió lástima».

 

Cada sanación nos habla del corazón compasivo de Jesús. Las curaciones son prueba de la venida del Reino, es decir, del amor de Dios al hombre. Jesús hace suyas las tristezas y las alegrías de las personas; actúa movido por el amor y la compasión. Él es el rostro humano del Padre, Dios-Amor. Toca nuestra lepra, nuestra miseria, nuestro pecado, sin contaminarse con él (Hb 4,15). Ama por encima de todo y a pesar de nuestros pecados. «Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia» (Papa Francisco, EG 3).

 

El pasaje del evangelio tiene una fuerza impresionante. El leproso, se acerca «a Jesús, suplicándole de rodillas:  «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se compadeció de él. Dice el relato que el Señor, en un gesto muy atrevido, «extendió la mano y lo tocó»: porque el amor no guarda distancias y no repara en tocar lo intocable. Extender la mano y tocar son signos eficaces de curación, testificados repetidas veces en los relatos de milagros.  El verbo tocar tiene mucha importancia en los evangelios: Jesús toca a los leprosos, sordos, ciegos. Tocar indica cercanía y transmisión de fuerza curativa. También los enfermos tocan a Jesús.

 

Jesús responde: «Quiero: queda limpio». Surge un hombre nuevo, al que Jesús devuelve la dignidad. «No se lo digas a nadie»… pero con la alegría y gratitud que llevaba dentro, aquel leproso se convirtió en un mensajero del milagro y de su autor: «empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones».

 

Todos necesitamos curación, porque todos somos pecadores. La lepra de la exclusión social, de la marginación, del rechazo, continúa entre nosotros. En nuestros días también hay gente que malvive, en los márgenes de la sociedad. El leproso es el símbolo de todos aquellos a quienes marginamos. El Papa nos recuerda el «descarte» que hacemos de los ancianos. Y de tantas personas excluidas, rechazadas. A nosotros, los de la generación del «mando a distancia», que ponemos barreras para no mezclarnos con la gente extraña, Jesús nos invita a cambiar de actitud, implicarnos y trabajar por un mundo mejor. Nos acercamos a Él en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía, y con la actitud humilde y confiada del leproso le decimos:Cura nuestras lepras ocultas. «Si quieres puedes limpiarme».

 

El próximo día 18, miércoles de ceniza, comienza la santa Cuaresma, camino hacia la Pascua. Dios que nos primerea en el amor.