3er DOMINGO DE PASCUA
«Se presentó Jesús en medio de sus discípulos». El muerto, el crucificado, el encerrado en el sepulcro, está aquí: ¡Vive! Saluda irradiando su paz. El cristiano vive de la presencia de Cristo Resucitado que lo llena todo.
«Creían ver un fantasma…» Les quita el miedo. Aun creyendo en la Resurrección del Señor, también a nosotros, como a los discípulos, pueden surgir las dudas y pensar que Cristo es una idea, un fantasma, algo irreal. Estas sospechas, hijas de la cultura de la duda y el escepticismo, nos atrapan también a los creyentes. Las vacilaciones de los discípulos nos ayudan a creer.
Jesús nos ofrece pruebas de su identidad: «Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona». Y nos remite a las huellas de su pasión. «Soy yo en persona». Realismo de la Resurrección. Se trata de una manifestación con su Cuerpo Resucitado. La dimensión corporal es esencial en el ser humano. El Resucitado es real. Vive de veras, se deja ver, tocar, palpar. Incluso come con ellos. Y los discípulos, como Tomás, pasan de la incredulidad a la fe. Es la certeza de que el Señor ha resucitado. San Lucas insiste en la «corporeidad». Los apóstoles no eran unos visionarios, experimentaron realmente una presencia de Jesús vivo. Resurrección, exaltación. Jesús el Viviente es la fuente de la vida.
«Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras». Jesús les ayuda a entender los acontecimientos de la Historia de la Salvación a la luz de la Pascua. Los apóstoles deben comprender que las declaraciones de Jesús en su vida mortal se han cumplido.
También a nosotros Jesús resucitado nos abre el entendimiento para comprender. Él es el Maestro interior, que sigue explicándonos las Escrituras. Como a los discípulos de Emaús, hace que arda el corazón, y seamos capaces de «reconocerle» al partir el Pan.
El Resucitado en su encuentro con los discípulos, les quita el miedo, les llena de alegría, les confirma en la fe y los envía a la misión. El encuentro con el Resucitado nos hace testigos, enviados.«No podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Anunciar el misterio de Cristo Resucitado. Un anuncio que hacemos en la vida ordinaria: los padres que hacen llegar a sus hijos los principios y los valores del Evangelio; los abuelos, siempre escuela de sabiduría y experiencia; los catequistas, testigos durante las 24 horas de su importante misión; los sacerdotes, «cuyo cansancio es como el incienso que sube silenciosamente al cielo, al corazón del Padre» (Papa Francisco, Misa Crismal). Y el religioso y la religiosa en su consagración a Dios y a los hermanos, haciendo verdad aquel deseo del Papa «donde hay religiosos, hay alegría». «La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción».Testigos todos en nuestros ambientes: Buen comportamiento, opiniones, coherencia de vida. «Para saber dar razón de nuestra esperanza». Con obras y palabras: haciendo el bien, aliviando el dolor humano, acompañando a quienes andan sin sentido por la vida, promoviendo una vida digna para todos…
Podemos contar siempre con la gracia y la fuerza de Jesús. La Eucaristía nos pone en contacto real con el Resucitado, nos lo hace presente.
