Pentecostés 24 mayo 2015.

 

Jesús viene hoy, a celebrar con nosotros, nuestro Pentecostés particular. Pentecostés, culminación de la Pascua. La venida del Espíritu Santo es el abrazo de Dios, cumplimiento de su amor y generosidad con nosotros.

 

Comentaba el Papa: San Lucas, en el texto de los Hechos, nos lleva hasta Jerusalén. Nos llama la atención el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento impetuoso», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Una situación sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

 

Lo que sucedió en Jerusalén, es algo que cada uno de nosotros podemos experimentar. Por obra del Espíritu de Dios que es Amor Infinito, la vida de Dios hecha DONES de sabiduría, de fortaleza, de piedad, de prudencia, fuente de vida digna y gozosa, se derrama sobre nosotros. El Espíritu nos renueva y purifica, nos ilumina y fortalece. Nos configura con Jesús; es el origen de la santidad y del vigor apostólico de la Iglesia y suscita todo lo que florece en ella. Necesitamos el Espíritu como el aire que respiramos.

 

Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia  autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión.

 

El Espíritu da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio; siendo coherentes. Él quiere que llegue a todos; no podemos vivir callados ni acobardados.»Nos da valor para caminar contra corriente; hay que ser valientes para ir contra corriente y Él nos da esta fuerza». Que cada uno de nosotros y todos juntos, junto con María, en la armonía de la Iglesia, pida el don del Espíritu Santo.