Hom.Do. 11 del Tiempo Ordinario
Dos parábolas, que son dos mensajes de ánimo y esperanza, y empujan al trabajo y al compromiso en la evangelización. El Reino es como la semilla llena de vida, que cae en tierra, que crece y madura. Dios actúa y la semilla se va desarrollando.
Jesús, subraya el protagonismo de la semilla, el proceso de crecimiento. Es la fuerza de Dios la que la hace crecer. La evangelización hunde sus raíces en Él. Ambas parábolas son una llamada a la fe y a la confianza en Dios. Él no permitirá que nada ni nadie frustre sus proyectos.Tienen en común el «símbolo» del germinar, de la potencia de vida. Jesús es consciente de su obra, que tiene mucho porvenir.
Jesús sembrando, un gesto de esperanza y de aventura. Lo nuestro es sembrar y esperar; sin dejarse engañar por las apariencias; otros vendrán y cosecharán recogiendo los frutos. A nosotros -sacerdotes, religiosos y religiosas, monjas, catequistas, misioneros, padres, educadores- nos toca rezar, preparar la tierra, echar la semilla, regar, cuidarla, vigilar, confiar. En algunos corazones endurecidos habrá incluso rechazos; sin desanimarnos nunca al no ver el fruto; sin la prisa por los resultados inmediatos. La semilla tiene su ritmo. El Señor es quien da el incremento y hará que lleguen los frutos a su tiempo. Esta imagen es válida para cualquier vida humana, en cualquier oficio o profesión. La semilla viva, sembrada en tu corazón, sembrada en el mundo, crece, progresa y no abdica jamás.
¿Qué quiere decirnos hoy el Señor, a cada uno a través de estas palabras de esperanza? ¿A qué nos invita? Marcos es el único que nos relata la parábola de la «semilla-que-crece-sola» ¡Cómo nos anima en nuestros cansancios y desánimos! De noche y de día la semilla germina y crece.
Recemos esta parábola, aplicándola a este tiempo de la Historia que nos está tocando vivir: Jesús estaba solo, a orillas del lago, con doce hombres y algunos oyentes, y la «pequeña semilla» ha llegado a ser un árbol grande que se extiende hasta los extremos de la tierra. Pensemos en la Iglesia, en su pequeñez y fragilidad. Lo aplicamos también a nuestra vida espiritual; y a nuestras empresas humanas o apostólicas, con las preocupaciones y las tentaciones del ambiente, con sus riesgos y desalientos. El Reino crece al ritmo de Dios y no al nuestro.
Frente a la tentación de la «lógica de la eficacia», del éxito inmediato, queremos evangelizar como Jesús: con su vida, su estilo, sus prioridades, su novedad. Necesitamos conversión, para que en el encuentro con Jesús, quedemos renovados. «La Iglesia en salida, nos dice el Papa, … que sabe tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos, con un deseo inagotable de brindar misericordia» (EG 24). Todo lo contrario a la pasividad.
