Domingo 25 T.O. (20 de Septiembre 2015)

 

Camino hacia Jerusalén, Jesús se centra en la formación de los discípulos: instruirlos  y enseñarles las exigencias de su seguimiento. Contrasta fuertemente la actitud de Jesús con la de los discípulos.Sueñan con honores y buenas posiciones, lejos de la fraternidad propuesta por Jesús. Cuando está hablando de su pasión los discípulos están discutiendo preocupados por el primer puesto. Jesús les hace el segundo anuncio de la Pasión. Les descubre la trayectoria de su vida y les habla de la pasión, de la muerte  y de la resurrección.

 

Jesús que los conocía -como nos conoce a nosotros-, ya en casa les da su lección y acentúa el tema de la entrega: Para acertar en la vida, para ser feliz, «el que quiera ser el primero que sea el último y el que quiera ser el más importante que sea el servidor de todos (diakonos)» (Evang.). Y lo refuerza con  el ejemplo del niño que necesita todo y de todos. Jesús se identifica con él. Acoger a un niño es el símbolo del servicio gratuito y desinteresado que caracteriza al cristiano.

 

Después de dos mil años, las palabras de Jesús tienen actualidad, porque somos poco coherentes con la fe y seguimos discutiendo sobre quién es el importante, el primero, el de más prestigio. ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad! ¡Y pecado! Tener ambiciones, buscar privilegios, crear envidias, divisiones, enfrentamientos, está en contra del mensaje de Jesús.

 

Para el seguidor de Cristo lo que vale es la disponibilidad de servir a los hermanos de forma gratuita, incondicional, desinteresada: esta es su grandeza. En la comunidad cristiana el más importante es el que sirve. Y hay muchos hombres y mujeres que por amor a Jesús se desviven en este servicio a los demás; con prontitud y alegría; utilizan los talentos y sus cualidades para ayudar. «Gratis et amore [Dei]», sin pasar factura, sin cobrar ni en dinero ni «en especie».

 

Este es el «estilo de Dios», el «estilo de Jesús»: hacerse pequeño, arrodillarse para lavar los pies (un oficio de esclavos), vivir descentrados, pasar del «yo, mi, me, para mí, conmigo», al tú,  nosotros, los demás. El más grande que es Dios, manifiesta su grandeza humillándose y poniéndose en el último lugar como servidor de todos.

 

«El justo resulta incómodo» (1ª lect). Santiago desvela el interior pecaminoso de la persona ante Dios y denuncia «la sabiduría humana» (la cultura dominante, los valores que se llevan), que nos hace vivir insatisfechos y aislados y que nace de nuestros deseos: «codiciáis y no tenéis, ardéis de envidia, os combatís y hacéis la guerra». ¿Los cristianos resultamos incómodos? ¿Qué conversión, qué cambios nos reclama el Señor con el mensaje de hoy?

 

«Al atardecer de la vida, te examinarán del amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y abandónate a Él» (San Juan de la Cruz).