Dom. XXVIII. 11-10-15
«¿Dónde está su tesoro? ¿En qué descansa su corazón?»(Mt 6,21), preguntaba el Papa.Quien quiere tener todo y disfrutar de todo, corre el peligro de perderse lo mejor.
¡Cómo llama la atención la escena del evangelio!: un joven bueno, cumplidor, que pregunta porque quiere ser mejor y expresa a Jesús su inquietud sobre la vida eterna. Jesús «se le quedó mirando con cariño» «Y se marchó pesaroso, porque era muy rico» (Evang.).
Hay que atreverse a una relación personal con Cristo. En el texto contrasta la historia del joven rico que no quiere renunciar a sus bienes y la de los discípulos que han dejado todo para seguir a Cristo. Y vuelven a resonar tajantes, «como espada de doble filo, que juzga los deseos e intenciones» (2ª lect.), las palabras de Jesús hablando primero de dificultad, y luego de imposibilidad práctica de entrar en el Reino de Dios, para el que no esté dispuesto a renunciar a sus riquezas. Ante el espanto y los comentarios de los discípulos, Jesús invita a confiar todo al poder de Dios. «Es imposible para los hombres, no para Dios» «Dios lo puede todo» (Evang.)
Él sabe lo difícil que es despegar nuestro corazón de los bienes materiales y ser más generosos, actuar en contra del egoísmo, preocuparse de los pobres, colaborar en un mundo más justo, como lo quiere Dios. Compartir en vez de acumular. Solos es imposible. Él lo puede todo. En la Eucaristía nos fortalece para que podamos vivir según el Evangelio.
Jesús nos muestra cómo hemos de utilizar los bienes temporales: No tener el corazón apegado a las riquezas. «El apego a las riquezas está en el inicio de todo tipo de corrupción. Nos hacen creer que somos poderosos, como Dios». Jesús indica en el Evangelio cuál es la forma justa: «la primera bienaventuranza: bienaventurados los pobres de espíritu, es decir, desprenderse de este apego y hacer que las riquezas que el Señor le ha dado sean para el bien común», señala el Papa. El dinero ganado con un trabajo honrado es bueno; es necesario para la vida, pero si se pega al corazón, lo llena, y entonces, la persona llena de sí, no siente necesidad de contar con Dios ni con los hermanos. La codicia cosifica, el corazón se endurece, nos esclaviza y no deja lugar ni para Dios ni para los demás.
Jesús nos invita a vivir como Él vivió. Aunque nos cueste, examinemos nuestra actitud ante los bienes materiales.¿Tengo alguna dependencia?. «Qué nos falta», o «qué nos sobra» en el camino de la santidad. El seguimiento de Cristo, no entiende de mediocridades. «Aún te falta algo» nos repite hoy Jesús. Comparte con los necesitados. Sé generoso. Si Dios es nuestro bien supremo, lo demás nos sobra: «Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta», nos repite santa Teresa, cuya fiesta celebramos esta semana.
El joven rico no pudo ser discípulo de Jesús por tener apegado el corazón a las riquezas.
Celebremos con alegría a la Virgen del Pilar.
