Domingo 2º de Adviento. 6-XI-2015

 

Después de la celebración gozosa de san Francisco Javier, Patrón de Navarra y de las Misiones, hoy Juan el Bautista, voz que grita en el desierto, nos presenta el programa del Adviento: «Preparad el camino del Señor». Es bueno convertirse, nos hace bien estar en armonía con nosotros mismos, con la naturaleza, con Dios y con los demás. La espiritualidad del Adviento quiere levantarnos de nuestros desánimos, desalientos, fracasos, rutinas, cansancio, comodidad…

 

Un programa que sirve para la vida personal y la vida social: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabrososo será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios».

 

– «Allanad sus senderos; los valles serán rellenados»:  Vacíos de Dios, porque no rezamos o rezamos poco; dejamos con facilidad la Eucaristía; no confiamos en Dios, pensamos que no le necesitamos. Van desapareciendo, «sin que pase nada» valores y principios.

 

Y los pecados de omisión con fallos en el servicio a los demás.

 

El vacío que deja siempre en nosotros el egoísmo.

 

-«los montes y colinas rebajados»: ¡cuánto orgullo, soberbia, vanagloria, autosuficiencia  que rebajar!; y las colinas de nuestra vanidad, el creernos mejores que los demás.

 

– «lo torcido será enderezado»: ¡cuántas motivaciones que enderezar! porque son motivaciones interesadas,  egoístas. El materialismo, que nos hace buscar la felicidad en tener y tener; la codicia, la ambición, la hipocresía, la falta de sinceridad. Corregir humildemente lo negativo, evitar lo que hace daño.

 

– «lo escabrososo será camino llano»: Las asperezas en nuestras relaciones con los demás. Juicios, palabras hirientes…,etc.  Lo escabroso de la existencia humana donde debe derramarse el bálsamo del amor y la mansedumbre, para asentar la convivencia y pueda abrirse paso la ‘civilización del amor’.

 

La Navidad es un Encuentro, no sólo el recuerdo de algo bonito; caminamos con fe para encontrar al Señor. Dejémonos encontrar por Él, amar por Él.

 

Es el Adviento del Jubileo de la Misericordia, un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual.

 

«He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

 

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: «En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad»

 

«Todos  somos pecadores, aprovechemos este momento que viene y crucemos el umbral de la misericordia de Dios que nunca se cansa de perdonar, ¡entremos por esta puerta con valentía!».

 

En nuestras parroquias, en las comunidades, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

 

«En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida». Que «la Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos» (Sal 25,6).(Papa Francisco)