Domingo 3º de Adviento. 13-XI-2015
Ante la cercanía de la Navidad, la liturgia nos invita insistentemente a la alegría: «Alégrate…, grita de gozo…, regocíjate y disfruta con todo tu ser»(1ª lect.). Estamos ante el acontecimiento más grande y gozoso de la humanidad. Es verdad que cada día amanecemos con noticias tristes, dramáticas. Pero, san Pablo que también «se halla entre cadenas» nos exhorta: «Alegraos siempre en el Señor». ¿Cómo hablar de alegría a tanta gente que sufre y está triste? Es la alegría que se apoya en la certeza de la presencia del Señor. EL SEÑOR ESTÁ CERCA. Dios es amor y lo hace patente en la Misericordia. La alegría de la solidaridad. Esa fue la experiencia de María, la Virgen y la razón más profunda de su alegría: «SU MISERICORDIA LLEGA A SUS FIELES de generación en generación» (Lc 1, 49-50). El evangelio de la alegría produce frutos donde se vive el mandamiento del amor. Amar es hacer lo posible para que el otro sea feliz.
Juan Bautista es el hombre del desierto. Sus palabras son duras, exigentes: «Dad el fruto que pide la conversión». Le preguntan: ¿»Qué debemos hacer»? Juan ofrece una respuesta comprometida:
Compartir, generosidad: «el que tenga dos túnicas…»; sentido de justicia y honradez, no aprovecharse de los demás; utilizar el poder, no para extorsionar y servirse a sí mismos, sino para servir. Dejarse invadir por Jesús: «El os bautizará con Espíritu Santo..». Para ser trigo de buena calidad y no paja que se echa al fuego. Jesús pone nombre y rostro a la misericordia de Dios.
«Convertíos» es la palabra clave: arrepentirnos de los pecados; cambio de corazón y de mente. Confesar la fe y enmendar la vida. Prepararse para recibir al Señor tiene que ver con hacer el bien a cuantos nos rodean.
«Misericordiosos como el Padre», cantamos en el Himno del Año Jubilar inaugurado por el Papa, en Bangui y en Roma. «Sed misericodiosos… » ( Lc 6,36). Para hacer de nuestros hogares, comunidades y parroquias «oasis de misericordia». «Contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida» (n.13). El Papa, en la Bula del Jubileo nos ayuda a concretar:
«Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.
… No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: «En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor» (Bula del Jubileo, n.15).
