Domingo 4º Domingo de Adviento – 2015

DOMINGO 4º ADVIENTO. 20-XII-15

        Nos acercamos al Misterio de la Nochebuena. Junto a los preparativos ambientales del Belén, el arbol, los adornos, necesitamos  preparación interior. En el corazón de la Virgen Madre, se aprende cómo amar a Jesús el Hijo y cómo encontrarse con Él, cómo recibirle en el corazón y cómo celebrar bien la Navidad. Dios hace protagonistas a las mujeres. La liturgia nos invita a mirar a María, la “bendita entre las mujeres”, “madre de mi Señor”, “bienaventurada por haber creído”. Contemplar: su fe (¡Dichosa tú que has creído!) y su solicitud servicial (“se puso en camino y fue aprisa”). Las promesas de Dios se cumplen.

        Si acogemos a la Madre, ella nos lleva a Jesús. El de María es un auténtico viaje misionero. Como a ella, se nos pide que salgamos de nosotros mismos, de los lugares de nuestras seguridades, para ir hacia los demás, a lugares y ámbitos distintos. “Seréis mis testigos” (Hch 1,8).

        Y es siempre el Señor el que, en este camino, nos pone junto a María como compañera de viaje y Madre solícita. Ella nos da seguridad, porque nos recuerda que con nosotros está siempre su Hijo Jesús. “María permaneció con ella (con su pariente Isabel) unos tres meses” (Lc1,56), para ofrecerle cercanía afectuosa, ayuda concreta y todos los servicios cotidianos. Isabel se convierte así en el símbolo de tantas personas ancianas y enfermas, de todas las personas necesitadas de ayuda y de amor. ¡Y cuántas son también hoy, en nuestras familias y en nuestras ciudades!. Tampoco las fiestas de Navidad son fáciles para los que sufren. María que se había definido como “la sierva del Señor” (Lc1,38) se hace sierva de los hombres. Sirve al Señor a quien encuentra en los hermanos.

        La caridad de María, sin embargo, no se detiene en la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen en dar al mismo Jesús. Estamos así en el corazón y en el culmen de la evangelización: dar a los hombres el Evangelio vivo y personal, que es el mismo Señor Jesús. Jesús es el verdadero y único tesoro que nosotros tenemos que dar a la humanidad. Es de Él de quien los hombres y mujeres de nuestro tiempo tienen profunda nostalgia, aun cuando parecen ignorarlo o rechazarlo. Es de Él de quien tiene gran necesidad la sociedad en que vivimos. También a cada uno de los cristianos se nos ha confiado esta extraordinaria responsabilidad (Cfr. Benedicto XVI).

        El Papa Francisco, para alegría del mundo entero, ha abierto la puerta santa del Año Jubilar de la Misericordia.  La puerta es Cristo. Dijo en la Homilia: “Dios acoge a todos y sale al encuentro de cada uno… El perdón y la misericordia es lo que más desea Dios, y lo que más necesita el mundo, sobre todo en un momento como el actual en el que se perdona tan poco en la sociedad, en las instituciones, en el trabajo y también en la familia.Ciertamente, hay mucho que hacer. La raíz de la falta de misericordia está en el amor propio”.

        “El jubileo nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del Samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la conclusión del Concilio. Que al cruzar la Puerta Santa nos comprometamos a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano”.

        Que “tu”, “nuestra” fiesta de Navidad no pierda sus raíces cristianas y se convierta en la fiesta pagana del invierno o en la fiesta del consumo insolidario. Navidad es JESÚS, “DIOS CON NOSOTROS”.