Domingo día 24 de enero de 2016.

 

«Hoy es un día consagrado al Señor», proclama la primera lectura:

– Día de descanso, en que el pueblo se reúne en Asamblea. Reafirman su  conciencia  de pueblo. Una misma fe, una misma historia. Y Dios presente y actuando en ella: un Dios que les ama, es fiel, les ha liberado de la esclavitud y de los enemigos.

 

– Un día de encuentro con Dios, que se realiza a través de su Palabra. Esdras organizó una lectura solemne de la ley de Moisés. La gente se emociona; se inclinaron y adoraron al Señor. Hacen fiesta.»Andad, comed buenas tajadas y bebed vino dulce». Una fiesta abierta a los demás y a Dios: del arrepentimiento nace la generosidad de la caridad fraterna.

 

Tras la dura prueba del exilio de Babilonia, merecida por sus pecados e infidelidades, el pueblo se siente de nuevo como el pueblo bendecido por Dios. La primera lectura subraya la importancia de proclamar y escuchar en la asamblea la Palabra de Dios. También para nosotros el Domingo es el día del Señor.

 

San Lucas, en el prólogo, «intenta transmitir seguridad a los cristianos: ‘para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido’ » (R. Brown). «Como era su costumbre el sábado»: Jesús crece y se educa en buen ambiente familiar y religioso. La Buena Noticia es la presencia de Jesús entre nosotros. Ante Jesús, que proclama su discurso programático  en la Sinagoga de Nazaret y predica la Palabra,  «todos tenían los ojos fijos en Él». Este proceder  ilumina cómo ha de ser nuestra actitud. Puesto que Cristo «está presente en su Palabra» y «cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es El mismo quien habla» (SC 7), ¿se puede escuchar la Palabra de manera rutinaria, impersonal? ¿Cómo escuchamos, acogemos y meditamos la Palabra de Dios?¿Por qué  muchos cristianos llegan tarde y no escuchan la Palabra y molestan a los que lo hacen?

 

La escucha y la fidelidad a la Palabra nos configura como pueblo: «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo», colaborando cada uno según los dones recibidos de Dios (2ª lect).

 

«Hoy se cumple esta Escritura». La profecía de Isaias se cumple en Jesús: Ungido por el Espíritu de Dios, impregnado por su fuerza, es el cumplimiento de las promesas. La unción del Espíritu le hace vivir la triple misión de liberar a los cautivos, sanar a los enfermos y anunciar una buena noticia a los pobres, proclamando el año de gracia del Señor. Jesús en san Lucas revela la ternura de Dios.

 

¿Qué significa esto para nosotros en el año santo de la Misericordia? Estas palabras son la tarea de la Iglesia: Liberar, aliviar, sanar y perdonar. Dice el Papa: «La Iglesia no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios. Para que eso suceda, es necesario salir. Salir de las iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar a las personas allí donde viven, donde sufren, donde esperan» «La misericordia es el primer atributo de Dios. Es el nombre de Dios» (Libro-entrevista: «El nombre de Dios es Misericordia»)

 

Recuperemos la Asamblea y el Domingo como el día del Señor.Volvamos al Evangelio, a la Palabra de Dios: «Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo» (San Jerònimo).