2º Domingo de Cuaresma

 

Continuamos preparándonos para celebrar la Pascua. La mejor manera de hacerlo es siguiendo a Jesús. San Lucas destaca que Jesús subió al monte «para orar» y, «mientras oraba» tuvo lugar su Transfiguración. Para los tres apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús que se retiraba muy a menudo a orar. Aquí, en el monte, quiso mostrarles la luz interior que le inundaba: su rostro se iluminó, sus vestidos transparentaban el esplendor de su Divinidad. «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». Jesús es el Hijo de Dios.  En adelante la presencia de Dios ya no será en la nube: Su propio Hijo será el lugar de nuestro encuentro con Él.

Para el cristiano orar no es evadirse de la realidad y de sus responsabilidades, sino asumirlas confiando en el amor del Señor. Se trata de sacar tiempo para orar, para estar con el Señor, sin prisas, gozando y disfrutando de su Presencia. Seguimos a Jesús también en su oración. Escuchar su Palabra, encontrar luz en la oscuridad, fortaleza en los desánimos. Dejarnos empapar de su Presencia. El maligno siempre intentará desviarnos, dividirnos, separarnos de Jesús.

Jesús había anunciado a sus discípulos que para cumplir la voluntad del Padre, tenía que dar la vida. Los discípulos se quedaron decepcionados. Para animarles y apuntalar su fe, les muestra su gloria y les hace testigos de su Transfiguración, «para testimoniar que la pasión es el camino de la resurrección»(Pref.). Por la Cruz a la Luz. Este acontecimiento extraordinario les alienta a seguir a Jesús. Merece la pena esforzarse en el seguimiento y hacer siempre lo que Él nos dice.

«El aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de resplandor». Fascinados por el atractivo de su persona  Pedro exclama: «Qué bueno es que estemos aquí» . Ante sus ojos está «Jesús solo». Sólo Él basta para el camino; no hay criterio mejor que su Palabra.

La voz del cielo confirma a Jesús como su Hijo amado, el Elegido. En contacto con la Historia de la Salvación, conversa con Moisés y Elias, que hablaban de su «éxodo», de su muerte que iba a consumar en Jesusalén. La Transfiguración es un anticipo de la gloria futura pero antes, es preciso recorrer el camino de la Cruz. Pedro, Santiago y Juan que le acompañan, son los mismos que estarán en Getsemaní. El esfuerzo de conversión cuaresmal solo tiene sentido si nace del encuentro con Cristo, si nos sentimos amados por Él.  »Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro» (Salmo). Como san Pablo que llegará a decir: «Todo lo considero basura -estiércol- con tal de ganar a Cristo».

La Transfiguración de Jesús va seguida del imperativo: «Escuchadlo». Escuchar a Jesús, es una actitud fundamental. Sin la oración el compromiso del apostolado y la caridad se reducen a activismo. «La oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones sino que reconduce a la acción. Subir al monte a estar con Dios para bajar llevando el amor y la fuerza que de ahí se derivan para servir con el mismo amor» (Benedicto XVI).

¿Qué tengo yo que «transfigurar» en esta Cuaresma del Año Jubilar de la Misericordia? ¿Cómo puedo ser fermento de transfiguración entre las gentes donde me muevo? ¿Cómo progresar espiritualmente para renovar el compromiso para cambiar el mundo a mejor?