domingo 3º Cuaresma

 

En la 1ª lectura Dios habla a Moisés. Es el nacimiento de la Pascua, que brota de la compasión de Dios: «He visto la opresión de mi pueblo…, he oído sus quejas…me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos…».»La tarjeta de visita con la que Dios se presenta en la historia no es la de «el infinito» y «el absoluto omnipotente», sino la del «salvador» que viene a liberar a su pueblo» (Card. Tarancón). Dios llega para hacer justicia: La Pascua es «el paso de Dios» y el «paso del pueblo», de la esclavitud a la libertad, de los vicios a la virtud. En Cristo -en su Misterio Pascual-, Dios ha descendido para liberarnos a todos del pecado y de la muerte.

 

¿Por qué? Porque «El Señor es compasivo y misericordioso», como tan bellamente canta el Salmo responsorial y que el Papa Francisco recoge en la Bula del Año de la Misericordia, juntamente con otros salmos (146, 147,136…). Un Dios que perdona todas nuestras culpas y pecados; que cura nuestras enfermedades. Lento a la ira y rico en clemencia. «La misericordia hace de la historia de Dios con su pueblo una historia de salvación» (Bula, 7)

 

Dios, según la parábola de la higuera (Evang.), espera nuestra conversión y cambio de vida. Es Alguien con infinita paciencia,  que sabe esperar todos los días y que nos  cuida con cariño. Pero no ignora el mal y la indiferencia moral. La parábola nos ofrece la esperanza del perdón. De los acontecimientos que narra el Evangelio Jesús no quiere que saquemos falsas conclusiones. La conversión es indispensable para todos. Todos la necesitamos.

 

Nosotros podemos repetir hoy la misma súplica del viñador: ¡Señor déjala todavía un año más…a ver si da fruto!». La conversión requiere el trabajo de un cultivo permanente, paciente, sin desfallecer; por parte del Señor no faltarán los cuidados y las oportunidades para volver a Él y que demos buenos frutos. Dejemos que Jesús haga con nosotros trabajo de agricultor; esa «‘poda benéfica’ de la mundanidad, la indiferencia y la falsedad» para la limpieza del corazón y de la vida; para vivir el amor que sirve, no el egoísmo que se sirve». Jesús la hará  con ternura, con misericordia, con amor. La misericordia es su manera de actuar. Dejemos que el Señor entre con su misericordia a hacer limpieza en nuestros corazones. Pidámosle un crédito de confianza. Él siempre nos ofrece una nueva oportunidad.¡Señor déjala todavía un año más…a ver si da fruto!».

 

«La Cuaresma de este Año Jubilar, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar… Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magníficat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer» (Mens. Cuaresma). Como Dios es misericordioso y tiene paciencia con nosotros, así debemos ser misericordiosos los unos con los otros.