Comentario 2º Pascua.
Octava de Pascua, fiesta de la divina Misericordia, en el Año Jubilar de la Misericordia. «¡Este es el tiempo de la misericordia!». Es un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, que siempre nos sostiene, nos levanta, nos guía. Como María en el Magníficat podemos reconocer «que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50).
En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles; no le basta la promesa de Jesús. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. Quiere experimentar por sí mismo a Cristo resucitado.
¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza y responde con esa confesión de fe profunda: «Señor mío y Dios mío». Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.
La misericordia y la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. El Señor es un Dios herido por amor a nosotros. «Dichosos los que crean sin haber visto» es la Bienaventuranza de la fe. Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo» (Cf. Papa Francisco).
La comunidad de los discípulos, que viven horas de turbación y de miedo, «se llenan de alegría al ver al Señor». La presencia de Jesús lo cambia todo. Abre la puerta a la vida nueva y les exhorta a construir una humanidad liberada del pecado, cimentada en el Espíritu. Se presenta con los dones pascuales: la paz, como señal de amistad con Dios y cimiento para la concordia entre las personas y los pueblos; la alegría, aun en medio de dificultades, persecución y desprecios; la misión, «como el Padre me ha enviado, así os envío yo»; los discípulos continúan en el mundo la misión del Maestro; el perdón de los pecados, expresión de la misericordia de Dios; y el don primero que es el Espíritu Santo: Con este don transforma radicalmente a los discípulos acobardados y les encomienda la gran empresa de la evangelización. Los cristianos hoy, no podemos resignarnos ni encerrarnos en casa, esperando a que pase la tormenta. Tenemos que vencer el miedo, la indiferencia y la resignación. Como los primeros discípulos, que pasan de estar encerrados por miedo a «salir» y anunciar con valentía la resurrección del Señor.
Para todos nosotros, «dichosos por creer sin haber visto», la Eucaristía es la experiencia del encuentro con Cristo que anima y fortalece la fe. Salgamos siendo portadores de los dones pascuales, sin dejar de ver al Señor en las llagas de los hermanos.
