Domingo 3º de Pascua C
Tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Nos invita a descubrir la presencia del Señor resucitado en nuestra vida. Hace falta la experiencia de la fe y del amor para reconocerlo resucitado. El amor de Juan descubre su presencia: «Es el Señor». Y anima a Pedro a salir a su encuentro.
El texto del evangelio de san Juan está cargado de símbolos. La Iglesia nace de Cristo muerto y resucitado. Jesús se aparece en el lago de Tiberíades: en el mar y al amanecer (no al atardecer); los discípulos ya no están dentro de la casa: salen a su misión. Como Jesús aparentemente «había fracasado» ellos vuelven a la tarea en el lago. Cristo muestra su divinidad en la pesca milagrosa; con su presencia anima a los discípulos ante su fracaso de la pesca; les orienta, les acompaña pacientemente. Pasan del desconcierto y el miedo a la confianza. Además les prepara el fuego y la comida para rehacer las fuerzas. Sabían que era el Señor. La presencia de Jesús es fundamental. Sin Él no hay pesca, todo es inútil. Con Jesús se consigue pesca abundante.
Ahí estamos nosotros. Tampoco faltan tiempos de tarea difícil, fracasos en el apostolado, familiares y con los hijos, desencantos, cansancio. En cada Eucaristía el Resucitado nos espera siempre para rehacer la esperanza. Ahí está Jesús y la Comunidad cristiana para cuidar de nosotros. Que el Señor «nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida» (Papa Francisco).Con Él las tareas estériles se convierten en «pesca milagrosa». No es buena la resignación.
En el Evangelio destaca la triple pregunta del Señor. Es más que hacer sentir al discípulo el peso de la triple negación de la Pasión. Una triple expresión de amor:»Tú sabes que te quiero…». Y el mandato: «apacienta, pastorea», como lo hace el Buen Pastor que las conoce por su nombre y da la vida por sus ovejas. Luego, «sígueme».
Para nuestra vida:
– Si Jesús no está, no hay Iglesia. La pregunta ¿me amas?, va dirigida a cada uno de nosotros. El está dentro de nosotros.»¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos!».
– La Comunidad. «Aún hoy te seguimos viendo en las personas buenas y justas que hacen el bien sin buscar el aplauso o la admiración de los demás; en los ministros fieles y humildes; en los misericordiosos; en el rostro de las religiosas y consagrados –los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico, las llagas de la pobreza y de la injusticia; en las personas sencillas que viven con gozo su fe en las cosas ordinarias; en las familias que viven con fidelidad y fecundidad su vocación matrimonial; y en los voluntarios que socorren generosamente a los necesitados y maltratados… Una comunidad con personas que viven la contemplación y la acción, la oración y el servicio, abierta a todos los pueblos; todos tienen cabida en la Iglesia, sin que por ello se rompa la red.» (Cf. final Vía Crucis Coliseo).
– No hay Iglesia sin Pedro; sin el sucesor de Pedro que es la roca de la Iglesia que debe confirmar a sus hermanos.
