SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN. 8-V-16

 

Cristo, con su misión cumplida vuelve al Padre. Instruye a los discípulos sobre el sentido de su muerte y resurrección, la importancia de la conversión para el perdón de los pecados, les promete el Espíritu que hará de ellos testigos de la Buena Nueva y del Reino de Dios. Y «mientras los bendecía, fue llevado al cielo». Así lo narra san Lucas. Para nosotros ni el cielo ni la tierra son lo mismo con Jesús que sin Él. El cielo, símbolo del misterio trascendente de Dios del que Cristo forma parte,  ha abierto sus puertas al ser humano.

 

«Subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre»(Credo).  Jesús, único y eterno Sacerdote intercede por siempre a favor nuestro (Cf. Hb 9,24). «Como afirma san Juan, Él es nuestro abogado que nos defiende siempre, nos defiende de las insidias del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados.Tenemos este abogado: ¡no tengamos miedo de acudir a él a pedir perdón, a pedir la bendición, a pedir misericordia! Él nos perdona siempre, nos defiende siempre» (Papa Francisco).

 

La Ascensión de Jesús al Cielo nos permite conocer esta realidad tan consoladora para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada ante Dios; Él nos ha abierto el camino; Él es como un guía cuando se sube a una montaña, que llegado a la cima, nos tira hacia él llevándonos a Dios. Si le confiamos nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él estamos seguros de estar en buenas manos, en las manos de nuestro Salvador, de nuestro abogado. Nunca estamos solos: El Señor crucificado y resucitado nos guía.

 

Los Apóstoles, después de ver a Jesús ascender al cielo, regresaron a Jerusalén «con gran alegría.» Su despedida no entristece a los discípulos. Esto parece un poco extraño.¿Por qué?  Porque Jesús ha entrado en el santuario del Cielo; porque, con la mirada de la fe, entienden que, aunque no está ante sus ojos,  Jesús permanece con ellos para siempre, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos.

 

«Seréis mis  testigos» (1ª lect.). Él nos da el valor para caminar contra corriente; hay que ser valientes para ir contra corriente y Él nos da esta fuerza. Transmitamos a las generaciones jóvenes la fe que hemos recibido. En la vida social nos obsesiona ascender, subir el escalafón. Jesucristo nos da ejemplo. Ascendamos y progresemos en virtudes y santidad.

 

«La Iglesia debe salir de sí misma, para llevar a Jesucristo a todos. Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma en una especie de narcisismo teológico… Y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual: la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Vivir para darse gloria los unos a otros» (Papa Francisco).

 

Preparemos intensamente, en oración con María, la Madre de Jesús, la fiesta de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. La Iglesia la dirige el Espíritu Santo.