COMENTARIO PENTECOSTÉS

 

Pentecostés: fiesta grande para la Iglesia que celebra la venida del Espíritu Santo. El ambiente nos conduce, a veces, a vivir predispuestos a silenciar el nombre de Dios, con la mirada baja, evitando cualquier referencia a lo trascendente; nos seduce el «espíritu del mundo». ¿Es posible sustraerse a la contaminación de tantos ídolos?  Sufrimos la tentación del menosprecio de Dios: «La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera» (JP II, Igl. Eur. 9). Es el ritmo de un espeso silencio sobre Dios que va penetrando en nuestra sociedad calando como la niebla.

 

En Pentecostés pedimos a Dios que derrame los dones del Espíritu sobre toda la tierra. Porque el Espíritu Santo es «maestro interior», «dulce huésped el alma», «memoria  fiel  y   viviente de Jesús». Sin la presencia del Espíritu Santo  no podríamos mantener la vida divina que recibimos en el Bautismo y mucho menos hacer que crezca y se desarrolle constantemente. La presencia del Espíritu Santo nos empuja a una profunda renovación espiritual, a recuperar nuestra identidad, para atrevernos a ser diferentes, a vivir contracorriente, potenciando nuestra vocación a la santidad. Necesitamos el Espíritu de fortaleza que sostiene a los mártires de antes y de ahora en el siglo XXI: (Qué impresionantes los testimonios escuchados esta semana en la Parroquia sobre los cristianos perseguidos en Alepo. Nos contaban de aquella niña de 7 años que confesó: «Yo nunca renegaré de Jesús», Unos cristianos que perdieron todo menos la fe. «En Alepo los cristianos miran al cielo y no se acobardan». Ni una apostasía). Ser cristiano viviendo en la persecución por la fe y contracorriente no es  fácil.

 

Él Espíritu Santo es el protagonista de nuestra conversión individual y comunitaria; para actuar sin miedo. Necesitamos cuidar la vida interior, ser asiduos en la oración y la vida sacramental y que el Espíritu  Santo dinamice la vida cristiana, marcando el ritmo diario de nuestra vida.

 

Insistamos en la plegaria: «lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero». Él despierta continuamente en nosotros la pasión por Jesucristo, el amor a Jesucristo, el dar testimonio de Cristo con valentía. Recibimos el Espíritu Santo para ser libres: no para el egoísmo, sino libres para creer, libres para amar, libres para hacer el bien, libres para ir si hace falta contracorriente, para atrevernos a ser diferentes. El Espíritu Santo que es fortaleza.

 

«LA IGLESIA NECESITA EVANGELIZADORES CON ESPÍRITU: evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente… Él es el alma de la Iglesia evangelizadora (Cfr. EG 259-262). El Espíritu no nos deja solos, nos ayuda a vencer las resistencias y a ser fuertes, sin temer las sorpresas y novedades. Sin miedo a las novedades si lo que está en juego es el seguimiento de Jesús.

 

La Iglesia nace, vive, crece y evangeliza animada por el Espíritu. No hay Iglesia sin Pentecostés; no hay Pentecostés sin la Virgen María.