X domingo del Tiempo Ordinario, 5 de Junio de 2016.
El Evangelio de hoy nos presenta una escena estremecedora. San Lucas resalta los sentimientos de compasión y de misericordia de Jesús. El nombre de Dios es misericordia y Jesús es el Amor misericordioso de Dios. El dolor de la madre viuda mueve a compasión a Jesús: «Se compadeció de ella y le dijo: No llores». Jesús, itinerante y en camino, acompañado por los discípulos, va anunciando el Reino de Dios por todas partes. Se cruzan las dos comitivas. Jesús, conmovido por un sufrimiento tan fuerte, toma la iniciativa. Actúa con la autoridad propia del Hijo de Dios -«se acerca al féretro, lo toca»-, y pronuncia el imperativo «levántate» (despiértate). «Se lo entregó a su madre». Nunca es indiferente ante el dolor y las lágrimas de las madres. El dolor de las madres! Ellas necesitan también que Jesús sienta compasión. Con Jesús llega el poder de Dios:»Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 1,68). En Él siempre podemos encontrar consuelo y ayuda. Hay muertes que solo Él puede devolver a la vida. Dios ofrece vida y quiere que seamos felices. «Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios»: Un coro numeroso que alaba el poder de Dios y la misericordia de Jesús. Dios siempre sorprende con su bondad y con su poder.
En la sociedad actual, a causa del miedo que produce, se habla poco de la muerte, «tema tabú»; se pretende enmascararla y ocultarla. El Concilio Vaticano II nos dice: La muerte es «el mayor enigma de la vida humana» (GS 18). «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó, y con su muerte destruyó la muerte y nos dió la vida» (GS 22). Jesús es más fuerte que la muerte. «Si nos mantenemos en Cristo, entonces estamos en la vida; con Cristo estamos ya resguardados, protegidos contra la muerte eterna» (Benedicto XVI).
A Dios que nos ha regalado la vida le damos gracias. Nos quiere a sus discípulos amantes y defensores de la vida. Capaces de rechazar todo lo que sea contrario a la vida: agresiones, violencias, guerras, terrorismo; el aborto y la eutanasia; insultos, chismes y calumnias. Defender la vida es atender a los pobres, marginados y excluidos de la sociedad. Defender al débil: niños, ancianos, enfermos. Son las Obras de Misericordia que el Año Jubilar nos urge vivir. Dios nos regala su vida para que podamos construir un mundo donde reine la justicia y el amor. Dios nos quiere capaces de percibir las caravanas actuales de soledad y de muerte y de escuchar el sufrimiento de los inocentes. Quiere que en la Iglesia recuperemos la compasión: el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». «El Señor es compasivo y misericordioso». Haz, Señor, que nuestro corazón sea bálsamo para los dolores ajenos. Te pedimos hoy por quienes han sufrido la pérdida de un ser querido y no son capaces de encontrar consuelo.
