Dom. 11 TO/C. (12 de Junio 2016)
Las lecturas de este Domingo nos dicen que el perdón de Dios no tiene límites. Alcanza al rey (1ª lect.) y a esa mujer sin nombre, pecadora pública (Evang.). El rey David, ungido por el profeta Natán para hacer cumplir en Israel el derecho y la justicia, «desagradó al Señor» (11,27) y dio un pésimo ejemplo al pueblo de Dios con su hacer pecaminoso. Cayó en pecado de adulterio con Betsabé, y de homicidio al deshacerse de Urías, el marido de Betsabé. David encubrió su pecado durante un tiempo. Pero el profeta Natán le denuncia: «¡Ese hombre eres tú!». David reconoce su pecado y pide perdón. El Salmo 50 ,que también nosotros rezamos tantas veces, es el arrepentimiento de David pidiendo perdón: «Misericordia Dios mío por tu bondad». Y llega la respuesta del profeta «También el Señor ha perdonado tu pecado».
El evangelio nos transmite un mensaje de misericordia. Vemos a la pecadora que cae a los pies de Jesús arrepentida y se acoge a Él, sin importarle lo que piensen y digan los que rodean a Jesús. Jesús sabe apreciar su gesto ante los comensales malpensantes. Acepta su demostración de arrepentimiento y le concede el perdón de sus pecados, ante el asombro de todos, que se preguntan quién es este, y cómo se atreve a perdonar, si eso es cosa de Dios. Perdón y amor se juntan.
«La Palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, mientras los pecadores – es decir, ¡todos nosotros! – somos como enfermos, que necesitan ser curados, y para curarse es necesario que el médico se acerque, los visite, los toque. ¡Y naturalmente el enfermo, para ser sanado, debe reconocer tener necesidad del médico!…. De una parte la hipocresía del doctor de la ley, de otra parte la sinceridad, la humildad y la fe de la mujer. Todos nosotros somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores de los demás».
Le han sido perdonados «muchos pecados» y por esto ama mucho; «pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Dios ha puesto a todos en el mismo misterio de misericordia; y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar (Cfr. Papa Francisco). Quien se siente perfecto, sin nada que cambiar ni mejorar, cierra la puerta al amor de Dios
Jesús nos espera… ¡y nos perdona siempre!. Al mismo tiempo, nos enseña a perdonar. ¿Hemos perdido el sentido de pecado?¿Y la dimensión social del perdón?El perdón de Dios que celebramos en el sacramento de la Penitencia, nos inunda de paz y de alegría. nos pone en armonía con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Es una fuerza que da vida, ¡que resucita!; nos hace «pasar de sentirnos misericordiados a desear misericordiar» (Francisco). Jesús, «que me amó y se entregó por mí» (2ª lect.) condena el pecado, y salva, sana, perdona y rehabilita al pecador.
+ ¿Tengo pendiente alguna reconciliación?¿Con quién me tengo que reconciliar? «Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor».
