DOMINGO 28 TO/C. 9-10-16
La gratitud no es moneda corriente en nuestra sociedad. Nos sentimos con derecho a todo, y muchos piensan lo mucho que se les debe. Una persona orgullosa raramente es agradecida porque piensa que se merece todo. La gratitud es la memoria del corazón; «una planta que crece sólo en la tierra de almas nobles». Merecen gratitud hasta nuestros críticos. Gracias a ellos conocemos la verdad de nuestros fallos.
En aquella cultura la lepra era una enfermedad terrible. Se entendía como un castigo de Dios. La ley obligaba a los leprosos a vivir lejos de la población y a distancia de los demás. Para Jesús, el leproso no es un ser maldito a rechazar, sino un hijo de Dios al que acoger: Diez leprosos salen a su encuentro y desde lejos, a gritos, reclaman su atención. Confían en Jesús.
Él los envía a los sacerdotes como manda la Ley y mientras van de camino quedan limpios.
Sólo uno vuelve para darle gracias y lo hace «alabando a Dios a grandes gritos». Todos gritan a la hora de pedir compasión; ahora sólo uno grita para alabar a Dios y dar gracias a Jesús. Era un extranjero. Este samaritano ha sabido apreciar el don de la curación, sin olvidarse del donante.La curación es para él, ocasión de encuentro con Dios y con Jesús. Descubre y reconoce el misterio de la persona de Jesús y se postra a sus pies dándole gracias. Los nueve se han curado de su enfermedad corporal, pero no se han encontrado con Quien es la salud y la salvación; solo el samaritano lo ha hecho. Y solo él escucha la palabra de Jesús: «Tu fe te ha salvado». La salvación que viene de la fe en Jesús es más que la salud.
«Cuando pedimos una gracia sabemos que siempre es traída por Jesús: es Él que viene y nos la da. No demos la mala impresión de tomar la gracia y no reconocer a Aquel que nos la da: el Señor. Que el Señor nos conceda la gracia de que Él se dé a nosotros, siempre, en cada gracia. Y que nosotros lo reconozcamos, y que lo alabemos como aquellos enfermos sanados del evangelio. Debido a que, con aquella gracia, hemos encontrado al Señor» (Papa Francisco).
Una pena que nos limitemos a mirar solo los dones recibidos y nos perdamos la ocasión de experimentar y reconocer el amor del donante que es el mismo Dios.
– La lepra que desfigura a la persona y a la sociedad es el pecado; codicia, vanidad, orgullo y el egoísmo que engendran indiferencia, odio y violencia; lepras interiores que nos apartan de los demás. Y los vicios y pasiones que nos esclavizan. Esta lepra solo la puede curar Dios que es Amor. También hoy, entre nosotros, viven personas en exclusión social que se sienten rechazadas o marginadas. Son un «grito» para los cristianos. ¡»Leprosos» de nuestros días tratados como «extranjeros» y «extraños», con actitudes excluyentes, en vez de tener con ellos gestos de cercanía, humanidad, amor! Nosotros, con nuestra actitud, somos la prueba de que Dios los acoge.
– «De bien nacidos es ser agradecidos». Todo viene de Dios; todo es gracia. Es la lección del leproso agradecido. La Eucaristía es la acción de gracias de la Iglesia.
