DOMINGO 29 TO/C. 16-10-16

 

Casi sin darnos cuenta hemos llenado nuestra vida de tanta actividad y tantas preocupaciones que no tenemos tiempo para rezar; nos hemos vaciado de «vida interior», evadiéndonos calladamente de Dios. J. Philippe, famoso escritor de espiritualidad dice: «Huimos de la oración porque tenemos miedo de encontrarnos a nosotros mismos».

Si no rezamos estamos mutilados en nuestra vida de fe. Los santos han sido grandes rezadores. Necesitamos de la oración para poder vivir como cristianos; como se necesita respirar para oxigenarse y vivir. «Por la oración respiramos a Dios» dice el Catecismo. La relación con Dios es esencial en nuestra vida. Santa Teresa, cuya fiesta acabamos de celebrar, nos dirá: «El remedio de todos los males es la oración… Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama». Rezar no es una carga que nos obliga. Al contrario, es una libración. Disponemos de muchos testimonios que estimulan la oración: «Oración es hacer sitio a Dios» (Benedicto16). «Orar es abandonarse en el abrazo de Dios» (Juan Pablo II). «Orar es sentir que Dios está a nuestro lado, nos mira y nos ama» (J.Philippe). «Yo le miro y el me mira» (Cura de Ars). «La oración es una obra de misericordia espiritual que quiere llevar todo al corazón de Dios» (Papa Francisco).

La palabra de Dios nos habla hoy de la oración, de la perseverancia en la oración. «Es necesario orar siempre sin desfallecer» (Evang). Aparentemente, un mensaje poco realista, viendo la realidad social, difícil, compleja y con tantos problemas. También a nosotros, a veces, nos tienta pensar que la oración es poco eficaz y nos parece mejor hacer las cosas por nuestra cuenta, sin recurrir a Dios. Jesús insiste en que hay que orar siempre. Un mensaje «contra-corriente», que ilumina nuestra vida. Porque la fe es la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios, y la oración es expresión de la fe. «Creer no es otra cosa que en la noche del mundo, tocar la mano de Dios y así, en el silencio, escuchar la Palabra, ver el Amor» (Benedicto 16, «Últimas coversaciones»). Cuando la fe se colma de amor a Dios, la oración se hace perseverante, insistente; y se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo.

La tenacidad e insitencia de esa pobre viuda, logra que un juez sin escrúpulos, «que ni temía a Dios ni le importaban los hombres» (Evang.) la escuche. La viuda no tiene ninguna posibilidad. Pero insiste, es importuna; así, al final logra obtener del juez lo que pedía. Con más razón, si un juez injusto y sin entrañas, al final se deja convencer por el ruego de una viuda, mucho más Dios, que es bueno, escuchará a quien le ruega. Dios es misericordioso y escucha. Frente a la tentación de caer en la resignación o la desesperanza, lo nuestro es insistir en la oración, fuerza invencible de los débiles.

Orar siempre y para todo. Sin perder nunca la confianza en Dios. Jesucristo es la razón de nuestra oración. En El, el Espíritu nos dice todo sobre la oración cristiana. . Como Moisés (1ª lect.), hemos de buscar ayuda para no decaer. Seguros de que Dios «hace justicia y defiende a todos los oprimidos» (Sal 103).

Recomienda el Papa: «Es bueno tener siempre un pequeño Evangelio y llevarlo en el bolsillo… Así cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús». Volvamos al Evangelio. Si nos sentimos instruidos, corregidos y educados por la Palabra de Dios estamos «preparados para toda obra buena» (2ª lect.). El Reino también crece por la oración. «Pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará la fe sobre la tierra?»(Evang.).