SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO /C 20/11/2016
La fiesta de Cristo Rey, es la fiesta de Cristo resucitado y glorioso, Señor y Centro del mundo. «ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS», un letrero que parece una burla. Cristo glorioso en la cruz. Un Rey ajusticiado, martir. Su trono es la cruz; su rostro ensangrentado; su corona, las espinas; su manto real, su propia sangre; su sentencia el perdón. Dios reina desde el madero; la majestad del Crucificado en la debilidad de la cruz. Un Dios pobre y humillado. Aun «sin aspecto atrayente», Cristo es el Dios de la vida. El reino de Cristo es un «reino de justicia, de amor y de paz». En la cruz Jesús ejerce su realeza salvando a toda la humanidad.
Jesús se ha revelado rey ¡en la Cruz! Quien mira a la Cruz de Cristo no puede no ver la sorprendente gratuidad del amor. «En el fracaso de las ambiciones humanas, ahí está el triunfo de la Cruz, está la gratuidad del amor. En el fracaso de la Cruz, se ve el amor, el amor gratuito, que nos da Jesús. ¡Jesús ha dado su vida por mí! Cada uno de nosotros diga en su corazón: «Ha dado su vida por mí, para poder salvar a cada uno de nosotros de nuestros pecados» (Papa Francisco).
Lo ha entendido bien el «buen ladrón», que Le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». «Este era un malhechor, pero que ha visto en el comportamiento de Jesús, en la mansedumbre de Jesús, el amor. Esta es la fuerza del reino de Cristo, el amor. La realeza y majestad de Jesús «no nos oprime, sino que nos libera de nuestras debilidades y miserias, animándonos a recorrer los caminos del bien, la reconciliación y el perdón». Mirando a la Cruz de Jesús, podemos repetir lo que ha dicho el «buen ladrón»: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino»» (Papa Francisco). Y escuchar la respuesta de Jesús: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». El paraíso es estar con Jesús.
– Esta es una fiesta para ser celebrada con un sentimiento hondo de amor, gratitud, admiración y entusiasmo por Jesús. No podemos ser cristianos sin Jesús. «La Iglesia ha de llevar a Jesús: este es el centro de la Iglesia, llevar a Jesús. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, esa sería una Iglesia muerta… Él puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y sorprendernos con su constante creatividad divina… No se puede perseverar… si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón» (Papa Francisco).
VOLVAMOS A JESÚS. Recibamos el Evangelio para conocer mejor a Jesús. Si no vivimos el Evangelio, Jesús no vive en nosotros. «Es por el Evangelio, según el Evangelio, como seremos juzgados»; tengamos siempre ante la mente «los actos, las palabras, y pensamiento de Jesús, a fin de pensar, hablar, actuar como Jesús» (C. de Foucauld). Para que «el mensaje no corra el riesgo de perder su frescura y deje de tener «olor a Evangelio» (Cf. EG 39).
Y «salgamos», para hacer discípulos y ofrecer a todos la vida de Jesucristo.
