El Señor en el Evangelio de hoy nos dice reiteradamente: “no tengáis miedo”. Sin embargo, el miedo es una experiencia profundamente humana, necesaria, que nos ayudará, tantas veces, a “meternos en líos”, a evitar el peligro, a no adentrarnos en caminos oscuros de muerte, como dice la sabiduría popular: “el miedo guarda la viña”. Además, la Sagrada Escritura no enseña que el “temor es el principio de la sabiduría (Pro 1, 7). Con el temor sucede un poco como con el dolor. Es, en el fondo, una señal de alarma cuando algo en nuestro cuerpo no va bien. De hecho, las personas que por un defecto congénito no pueden percibir el dolor acaban padeciendo heridas, pequeñas fracturas, o enfermedades que tardan en reconocerse porque no perciben el primer signo de advertencia, que es el dolor.

Siendo esto así, por qué el Señor nos dice: “no temáis”. Esto parecería temerario, imprudente. Pero en el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos insiste en no caer en una de las consecuencias del miedo: paraliza. Cuántas veces hemos tenido ilusiones o deseos de planes de generosidad en relación con los hijos, pero enseguida se nos ponen en primer plano las dificultades y temores y, finalmente, no hacemos nada. O cuántas veces “poniéndonos la venda antes de la herida”, por temor a lo que podría venir, pero que no sabemos si vendrá nos agobiamos y paralizamos. Recuerdo vivamente, después de muchos años, una lección que me dio el Obispo de Huancavelica, una “ciudad” en medio de los Andes Centrales del Perú, y que aún me ayuda mucho. Estaba recién llegado de España, y pronto, en plena época de lluvias (¡y aquello es llover!) me envió el Obispo (D. Demetrio Molloy) a atender unas aldeas el fin de semana. Yo había escuchado a la gente que se había caído un puente por el que tendría que cruzar el río. Sólo había oído el comentario, porque no había teléfonos móviles (ni fijos en muchas zonas) y por supuesto ni 100 metros de asfalto, ni indicadores de localización de las poblaciones. Ante esto, me dirijo al querido obispo (ya en el Cielo) y le comento lo que la gente decía y, por tanto, que no me parecía prudente ir. Me contesto con cariño y firmeza. Si empiezas así no irás a ninguno parte. Tú te pones de camino y cuando llegues al río, si ha puente, le cruza, si no hay puente de das media vuelta, pero te vas. El temor, ciertamente me paralizaba. Sin embargo, obedecí, preparé las cosas y me fui con su coche todo terreno, en mejores condiciones que el mío, era un hombre muy generoso, y efectivamente había puente, lo crucé y atendía a aquellas gentes y me volví con una lección importante aprendida.

Nos dice que no temamos por qué hemos de aprender a superar los miedos que nos paralizan. Debemos aprender a identificar nuestros miedos para que no nos paralicen. Jesús en el evangelio nos deja una especie de examen sobre nuestros temores. “No tengáis miedo a los hombres”. No temamos a lo que puedan pensar de nosotros, a no decir la verdad por miedo a las consecuencias o el juicio de los hombres, “porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse”.

No tener miedo a repetir ante el mundo las enseñanzas de Jesús. “Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea”. No tener miedo a dar testimonio de nuestra fe, no tener miedo a hablar de Jesucristo en un mundo cada día más secularizado, en el que parece que toda opinión tiene derecho a ser expresada menos la verdad de Jesucristo. Nosotros no tengamos miedo de prestarle nuestros labios. No temamos porque, como dice el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy, “el Señor es mi fuerte defensor. No temer a confesarnos discípulos de Jesús. No tener miedo a anunciar la verdad sobre el mundo, sobre el hombre, no tener miedo a recordar al mundo la verdad sobre el bien y el mal, sobre lo que construye o destruye la humanidad de cada uno. “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”.

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. No tener miedo a la enfermedad ni la muerte. El temor a la muerte y su poder destructor es como el temor máximo. Y, sin embargo, ha quedado superado en la resurrección de Jesucristo. La resurrección de Cristo no da la certeza de la superación de la muerte. El amor providente de Dios nos permite mirar a la muerte de frente y decirle: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Cor 15, 55).

María, Madre Nuestra, Auxilio de los cristianos, ábrenos el corazón para acoger el don de fortaleza que recibimos del Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación, para superar todo temor.