Los niños, tantas veces maestros para los mayores, no suelen disimular a quién quieren más. Resulta arriesgado hacerles la pregunta directa porque pueden herir sensibilidades. Los mayores, a veces para chincharles, les chantajean para arrancar una respuesta sincera, o interesada, si es que está en juego una chuche. Sin duda, el amor conoce intensidades, preferencias e intereses.

Cristo te pregunta hoy a quién quieres más. Y busca comparación con los amores más intensos y preferentes que tenemos. ¡Vaya atrevimiento querer competir con el amor paterno y filial, en esa recíproca relación, los amores más íntimos y preciosos!

El señorío de Cristo es la cualidad de su gobierno por la cual reconocemos a Dios no solo como creador del universo, sino el único “propietario” legítimo de lo visible y lo invisible. Esto afecta de modo directo a la vida interior de cada persona, y abarca todo lo que es, alma y cuerpo, presente, pasado y futuro. El Señor es el legítimo dueño de nuestra vida, de la de cada ser humano.

Pero su señorío no es despótico, puesto que no somos una mera propiedad suya, como alguien que tiene algo. La característica propia del señorío de Cristo se basa en el amor que tiene a todas sus criaturas. Es decir, es un señorío de amor en que el único modo de reinar es con el respeto de la libertad. Por parte suya, el amor le ha llevado a crearlo todo y, en el momento culmen de la historia de la salvación, a encarnarse, acompañarnos como hombre y ofrecer un sacrificio de amor que nos redimiera de la esclavitud del pecado. Algo así no lo puede hacer nadie más que Él. Su resurrección gloriosa manifiesta su divinidad, y desea que todos los hombres participemos de esa gloria suya. ¡Jesucristo es el Señor del universo!

Y puesto que su señorío es único, nuestro amor hacia Él también debe serlo. Por eso se antepone a los amores más excelsos. El primer mandamiento llega a plenitud con la obra redentora de Cristo, donde el amor de Dios se ha desbordado.

Una obra de amor tan perfecta y excelsa sólo puede ser correspondido con un amor en igualdad de intensidad. Y eso es lo que explica Cristo: no merma la belleza del amor paterno-filial, pero introduce una novedad radical al proponer el amor hacia Él como una fuente nueva de amor que estructura el resto de nuestros amores y que tiene, además, una orientación hasta la vida eterna. Nos propone amarlo todo a través de su Amor: no quita nada, sino que lo da todo.

La vida cristiana consiste no sólo en amarle, sino en identificarnos con Él, vivir de Él. La gracia nos hace semejantes a Cristo, nos identifica con Él, hace que Él esté dentro de nosotros o, mejor dicho, nos introduce a nosotros en Él. Por eso san Pablo alude a nuestro “bautismo con Cristo”: lo que pasó en Él es lo que pasará en nosotros. Él murió por nuestros pecados, y nosotros morimos con Él para que muera el pecado; pero volvió a la vida, y nosotros resucitaremos para la misma vida eterna. De ahí que afirma: “consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”.

Jesús es mi dueño y señor, mi buen pastor que me hace cantar eternamente sus misericordias. No me posee: yo me entrego libremente a ese dulce señorío de amor. Me ha comprado con el precio valioso de su sangre, pero no para seguir en un servilismo: me ha liberado de la esclavitud de mis pecados para que le sirva por amor en su obra redentora en este mundo y goce eternamente en el Cielo de su visión con todos mis hermanos de la Iglesia, a los que me une ya la fe en esta vida y la espero vivir plenamente en la eternidad.

¡Soy de Cristo! ¡Perder la vida por Él es encontrar la Vida, con mayúsculas! ¡Cristo no me quita nada: me lo da todo!

Termino con un ejemplo de las consecuencias de ese señorío de amor. La Iglesia ha manifestado la fe en la espera de la resurrección enterrando a los fieles cristianos en camposanto (una iglesia, un cementerio), un lugar consagrado al Señor, en que descansar en espera de la resurrección final. Como afirma hoy san Pablo, nos espera la Vida. Se expresó así desde el comienzo la pertenencia de los cristianos a Cristo, según esa pertenencia por la fe y el amor. Por esta razón, un cristiano difunto ha de descansar en un camposanto: es una manifestación de la fe, que hunde sus raíces en la certeza de no pertenecerse a uno mismo, sino al Señor, que nos ha bautizado y ungido con el óleo santo. Mi cuerpo ha sido consagrado al Señor, redimido y santificado por Él. Por eso, las costumbres actuales de hacer lo que queramos con nuestras cenizas lo que manifiestan muchas veces es la ausencia del señorío de Cristo, dando a entender que nos pertenecemos a nosotros mismos: hacemos con nuestros restos lo que queremos. La tradición de la Iglesia es inversa: pertenecemos a Cristo, y esta fe se manifiesta en los enterramientos en camposanto.