NO HEMOS NACIDO PARA LA MEDIOCRIDAD

 

No hay mayor prueba de mediocridad que el negarse a reconocer los valores de los demás. Reconocer los valores de los demás es una prueba evidente de la grandeza en la persona, del saber ver y comprender, de no ser envidioso, de estar abiertos, del reconocimiento auténtico que supone vivir. Tendríamos que hacer una reflexión seria sobre como vamos por la vida reconociendo y aprendiendo.

La envidia en realidad es la confesión secreta del fracaso personal. Es la desconfianza más fuerte en uno mismo y la expresión de la carencia de la verdadera autoestima. Los psicólogos afirman que los mediocres suelen condenar todo aquello que creen está fuera de su alcance. Mediocridad como su nombre indica es el resultado del “medio vivir”, que supone el medio hacer, el medio trabajar, el medio ver, el medio amar, el medio leer, el medio estudiar, La persona mediocre es por tanto la que constantemente atenta contra su propia capacidad de mejorar, de crecer, de ser feliz. Estar abiertos al reconocimiento de la realidad es una de las mejores actitudes para vivir.

Tenemos que ser conscientes de que contamos con la “máquina” más perfecta diseñada sobre la faz de la tierra, que somos nosotros mismos. La máquina de producción realmente eficaz es mía, está a mi disposición, pero todo depende de cómo la utilice. Yo soy el que puede generar buenos pensamientos, buenos sentimientos, buenas acciones. Yo soy el que puede reconocer la belleza, la verdad, la bondad. El que puede admirarse del cielo, de las estrellas, de los colores, de los sonidos, de las nubes, de las estaciones del año. Yo soy el que puede aprender y utilizar lo que hace el científico, gozar de lo que crea el artista. No puedo buscar fuera lo que llevo dentro, y lo que llevo dentro es mi capacidad de superación, de esfuerzo, de creer, de esperar, de amar, de admirar, de aprender, de gozar, de amistad, de dar alegría, de saber recibir lo que se me da.

Nadie es mediocre, nos hacemos mediocres, con ese medio vivir. Todo está en la misma línea de la vulgaridad, y que decíamos, con Chesterton, que era pasar junto a la excelencia y no verla. Porque lo realmente importante en nuestra vida es lo que nosotros hacemos con nuestras capacidades y posibilidades. El significado de nuestra existencia no es inventado por nosotros mismos sino más bien descubierto dice Viktor Frankl.

Cuando empezamos a centrarnos en objetivos sencillos, cotidianos que despiertan nuestro entusiasmo, objetivos con los que nuestro vivir cobra fuerza, dejamos la mediocridad. Vuelve a nosotros la sabiduría de siempre, La sabiduría de la vida no tiene que ver con la cantidad de conocimientos y experiencias adquiridos, sino como se vive con ellos. Lo que importa es la prudencia y rectitud con la que aplico lo que se, lo que reconozco. Estar abierto a este reconocimiento es la actitud fundamental para vivir. De todo y de todos se puede aprender.

Es el eterno dilema del ser humano la mediocridad, la vulgaridad, la superficialidad o la interioridad, la profundidad, la excelencia. Nadie ha hablado como Jesucristo, nadie conoce al ser humano como El, y sus metas son ¿excesivas?, ¿demasiado maravillosas? Son reales, Dios se hizo hombre para enseñarnos desde nuestra propia humanidad el camino, la verdad y la vida: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Todo padre quiere lo mejor para sus hijos, y son los hombres los que aprenden de Dios a ser padres. Cuando nos convenceremos de la gran riqueza que tenemos en esa oración universal del Padre nuestro. La oración más universal que existe, y que todo ser humano, y de todas las épocas, puede rezar y en la que todos, absolutamente todos podemos estar unidos. Sí, las más universal, la más rica, la más fecunda. Y si todos los hombres la rezáramos, conscientes de lo que decimos y pedimos, desde luego no seríamos mediocres, ni vulgares, ni superficiales, porque no hemos nacido para la mediocridad. Vivamos las circunstancias que vivamos hemos nacido siendo ya hijos, pero libremente tenemos que decir sí a nuestro Padre Dios y vivir responsablemente nuestra vida cotidiana.

Desde esta ventana abierta hoy la reflexión quiere ser un horizonte para vivir en el camino de la belleza, de la verdad y de la bondad. Me decía un chico parapléjico ¿Verdad que tu, Carmen, me admiras más que a Rafa Nadal? Me emocioné, porque es verdad, sentí que esa es la excelencia de la vida, lo que este chico está aprendiendo a vivir, a recibir, a dar, a sonreír. No existe el sentido de la vida, sino el sentido que yo doy a todo lo que me acontece y acontece. Nadie ha nacido para ser un mediocre, todos hemos nacido para la excelencia de ser hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, hijos de su misma Madre. En nosotros está el decir libremente sí, con nuestra vida, a esta gran llamada.

Por Carmen Pérez Rodríguez

 

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