La oración del enfermo
La oración del enfermo tiene una característica especial. «En la enfermedad te sientes débil, incapaz, sin fuerza, sin posibilidad de decidir por ti mismo, en manos de otros; ni siquiera puedes huir aunque lo desees: “Se consumen de pena mis ojos, mi garganta y mi vientre; mi vida se gasta en la congoja, mis años en los gemidos” (Sal 31, 10-11). Entre este marasmo de sentimientos duros puede correr una tenue brisa de confianza y vivir la experiencia de la Presencia, la compañía, la acogida:” El Señor está cerca de los atribulados” (Sal 34,19).
El enfermo puede vivir en la oración una bellísima experiencia de la ternura de Dios: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá” (Sal 27,10), “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 23,4).
La larga jornada del enfermo, y su noche, son ocasión para realizar ante Dios una actividad fundamental, rememorar, recordar el pasado: “En mi angustia te busco, Señor, de noche rebullen mis manos sin descanso… repaso los tiempos antiguos, recuerdo los años remotos” (Sal 77,3-6)… En este repaso de la vida van a destacar aspectos muy importantes, ricos, fecundos, llenos de sentido y de plenitud, que no podrán menos que provocar la alabanza y la bendición a Dios. ¿Quién no puede descubrir en su vida destellos de la presencia actuante de Dios?
Cuando se hace con verdad la memoria de la vida en ella aparece, también, la cara negativa del fracaso, de la responsabilidad que ha arruinado tantas posibilidades, del pecado y de la culpa. Aspectos que en la enfermedad pueden agigantarse, desmesurarse y asaltarnos amenazadoramente… La oración que confiesa el pecado y pide perdón y la experiencia del Dios que perdona y abraza es fundamental para asumir con madurez lo negativo de la vida, acogerse y poder cambiar…
La oración de petición es la palabra más espontánea en la boca del dolor humano. Y se pide que mi voluntad sea lo que Dios quiera, no lo que quiera yo:”Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
Cuando le pides a Dios lo que El quiere, desembocas inmediatamente en la aceptación de la realidad. La enfermedad no sólo te pone en tu lugar, sino que te desvela descarnadamente lo que eres: “Los años de nuestra vida son unos setenta u ochenta, si hay vigor; mas la mayor parte son trabajo y vanidad, pues pasan deprisa y vuelan” (Sal 90, 10). Hay una oración, muy necesaria, de acatamiento de la limitación, de madura y saludable resignación. Mediante ella, desde la profundidad del encuentro con Dios, uno adquiere la sabiduría de saber colocarse en su sitio, sin extralimitarse; de situarse en la realidad, sin creerse que vive en un mundo fantástico; de reconocerse criatura, de reconocer que uno no posee la fuente de la propia existencia: “Hazme saber, Señor, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy” (Sal 39,5).
¿Quiere esto decir que hay que dejarse vencer por la enfermedad, que tenemos que aceptar la doma del dolor, que hay que agachar la cabeza ante el destino? ¡De ningún modo!».
En los salmos el enfermo acusa el golpe, pero no se queda pasivo, resignado, sino que saca fuerza para luchar por la salud. Tras el grito inicial comienza una actividad que incluye muchos pasos hasta lograr una nueva experiencia de salud, que desemboca en acción de gracias. Cuando el mal es irremediable, el creyente se pone en manos de Dios. Es muy importante poder reconocer su presencia misteriosa. Como dice el recordado poeta Claudio Rodríguez: «Hoy más que nunca yo le pido al cielo, no que me salve, que me acompañe».
Cuando uno está enfermo, se encuentra con un caudal inmenso de preocupaciones, deseos, intenciones, recuerdos, ánimos y fuerzas que vienen de los demás y que se expresan por medio de la oración: «rezamos por ti», «¡cuánto hemos rezado por ti!». Y también: «rezamos contigo». Es particularmente eficaz la oración comunitaria, como dice Jesús: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,19).
La enfermedad puede cumplir diversas funciones. Puede ser prueba y crisol, castigo y correctivo, ocasión de maduración de la persona y lugar del alumbramiento de una nueva salud. En la enfermedad se viven situaciones en las que se hace aguda la necesidad de la reconciliación. Todo queda al descubierto. Tal es el caso de viejos odios y de problemas no resueltos. Junto al lecho del enfermo se dan las grandes reconciliaciones.
En medio de la enfermedad el creyente se pregunta: ¿Qué dice Dios de mi enfermedad? ¿Qué está haciendo con ella? En realidad, no existen respuestas fáciles ante el problema del mal, del sufrimiento y de la muerte. “Es preciso orar”. Se dice en la carta de Santiago (5,13-15):
¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo.
La carta de Santiago relaciona el sufrimiento con la oración y la enfermedad con la oración y la unción. El contexto se refiere a la oración. La expresión oración de fe se refiere a la oración hecha con fe, que excluye toda magia y supone una relación viva con el Señor. Además se propone la oración constante. Afirma que, si se hace así, tiene mucho poder (5,16).
Nos dice Jesús que la oración ha de ser perseverante: “Hemos de orar sin desfallecer y en todo tiempo” (Mt 18,1). Su eficacia se manifiesta en el don del Espíritu, que “el Padre da a quienes se lo piden” (Lc 11,13).
El sacramento de la unción no debe ser un hecho aislado, una breve visita del Señor. Debe situarse en el contexto de oración y de lucha contra la enfermedad. La oración envuelve la acción, la unción del aceite que cura las heridas. El servicio sanitario mismo adquiere un valor sacramental, que comienza con los gestos humanos de acogida al ingresar en el hospital y continúa con los diferentes servicios prestados al enfermo. El amor de Cristo a los enfermos se pone de manifiesto a través de las curas médicas, a través de las visitas fraternas, a través de la oración.
Como dice el Concilio, «con la unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda al Señor paciente y glorioso, para que los alivie y los salve» (LG 11). La persona del enfermo es así el centro de atención de toda la comunidad y el sacramento se convierte en el signo de la presencia de Cristo y de la lucha emprendida por El contra el mal, la enfermedad y el sufrimiento.
